La guerra de las palabras

Paul-Hervé Paquet

"Una guerra se juzga a su utilidad, no a su coste"

George W. Bush.

En su primer número del año 2003, el hebdomadario inglés "The Economist" anuncia en primera plana que "el año 2002 ha sido un año asombrosamente bueno". Para cualquier que haya vivido este año, puede parecer una broma de mal gusto, pero si nos fijamos en los acontecimientos mundiales, tenemos que reconocer que es verdad; es la primera vez que se firman más paces que guerras y, a pesar de estar todos esperando la ridícula y vergonzosa guerra del petróleo del señor Bush que, una vez más, quiere matar a miles de inocentes en nombre de los derechos humanos, tenemos que destacar los acuerdos que firmaron decenas de países para terminar con sus diferencias. Congo está a punto de terminar con un conflicto en el cual fueron implicadas nada menos que siete armadas extranjeras; en Burundi se ha firmado un acuerdo histórico que pone fin a nueve años de guerra civil; el gobierno de Sudán acaba de firmar un alto el fuego con los rebeldes de la armada de liberación, poniendo fin a veinte años de guerra; Sierra Leone empieza la reconstrucción después de haber dado fin a uno de los conflictos más brutales que haya conocido África; El 4 de abril, la armada regular de Angola y los rebeldes de la UNITA firmaron un acuerdo que ponía fin a 27 años de guerra civil; en Indonesia se terminan las hostilidades que, desde que empezaron, en 1976, costaron la vida a 12.000 personas, en mayoría civiles y Sri Lanka, gracias al trabajo de mediación de Noruega, entreve la paz por haber comprendido, después sumar más de 600.000 victimas, que su conflicto no podía encontrar solución sobre el terreno militar. Por fin entendieron todos estos países que ningún malentendido se puede arreglar con militares; ¿Cómo van a trabajar para la paz los que viven de la guerra? Preguntaba Gändhï sin conocer a Bush. Casi todas las guerras son guerras de ideología y de negocio; hay que romper con el catastrofismo endémico de los políticos y hacer la guerra con palabras; a menudo hacen daño pero no matan tanta gente y permiten, a veces, llegar a un acuerdo. Cuando era primer ministro de Francia, hace unos cinco años, Lionel Jospin causó un gran tumulto en la Asamblea Nacional francesa declarando - hay que reconocer que con mucha razón- que "ya, en el siglo XIX, la derecha no destacaba por su conciencia política", dejando entender que en el siglo XXI no había mejorando mucho la situación en este sentido. Los diputados conservadores (que tachan ahora a la izquierda de conservadora por querer conservar los logros sociales) salieron del hemiciclo en señal de reprobación, acusando a Jospin de deformar la historia. No se sabe si este incidente se debe imputar a la buena conciencia política de la izquierda del momento o a una de estas maniobra de desacredito a las cuales nos han acostumbrado los actuales dirigentes de la izquierda española. Los grupos de izquierdas suelen tener buena conciencia por principio y, desde Voltaire, son persuadidos de ser involucrados exclusivamente en causas justas, permitiéndole esta situación mental obviar los problemas de conciencia. Sacando conclusiones de su debacle del pasado abril, el partido socialista francés revindica menos angelismo y buenos sentimientos. En otros tiempos, les habrían calificados de desviacionistas o de social-traidores; ahora los llaman nuevos reaccionarios y Daniel Lindenberg acaba de declararles la guerra con la publicación de su libro "Le rappel al ordre" (llamada al orden). Este historiador provoca una nueva escisión en los rangos de los intelectuales socio-liberales de antaño y se descubren dos tendencias nuevas; los radicales-demócratas y los socio-liberales, es decir dos filas de indecisos que no saben lo que son ni donde van. Nada nuevo bajo el sol: la distribución de los papeles entre derecha e izquierda remonta a la revolución francesa y si muchos acusan de todos los males a mayo del 68, es que su memoria no llega más lejos. Lo que pasa es que aparecen ahora lo que podríamos llamar intelectuales de derecha, escritores, periodistas y hasta políticos que no se avergüenzan de su forma de pensar menos categórica que la de los dirigentes de una derecha tradicional que no aprende ni a palos. El hecho de ser de derecha ya no es un obstáculo para pensar y algunos se autodenominan nuevos filósofos, a sabiendas de que el antiguo esquema izquierda social-derecha autoritaria ha perdido su fuerza explicativa para una multitud de cuestiones. El problema es que ninguno de ellos se atreve a pronunciarse sobre temas tan calientes como, por ejemplo, la cruzada de G. Bush para la conquista del segundo depósito de petróleo del mundo; es que ser filósofo no da de comer. En España, la marea negra que provocó una marea humanan y el hundimiento del gobierno en un mar de incapacidad, no ha incitado a los políticos a recapacitar; para ello hace falta decencia, sentido de la responsabilidad y, sobre todo, coraje y pocas veces se ha visto tanta incompetencia, dejadez política, indolencia, indiferencia e inaptitud bajo las mismas siglas. Se habla de tolerancia cero para los terroristas, bueno estaría instaurar el mismo criterio para la incapacidad política. Miles de voluntarios civiles sacrificando sus días de ocio y sus ahorros para ayudar a limpiar las costas gallegas mientras que 75.000 soldados "dichos profesionales" cobran para hacer barriga en los cuarteles; esto es la triste imagen que España esta dando al mundo. Menos mal que dentro de poco hablaran las urnas, votando muchos de los voluntarios que están haciendo el trabajo del estado porque el estado es incapacitado por sus responsables. Votaran los voluntarios a quien este mismo estado cobrará más tarde en los impuestos el trabajo que hicieron; por que si persuadir a los demás que son ellos los culpables y que tienen que apañarse solitos es arte, hacer que los que te pagan para hacer un trabajo lo hagan ellos mismos, esto es política.

La guerra de las palabras

 

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