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En
su primer número del año 2003, el hebdomadario inglés "The Economist"
anuncia en primera plana que "el año 2002 ha sido un año asombrosamente
bueno". Para cualquier que haya vivido este año, puede parecer
una broma de mal gusto, pero si nos fijamos en los acontecimientos
mundiales, tenemos que reconocer que es verdad; es la primera
vez que se firman más paces que guerras y, a pesar de estar
todos esperando la ridícula y vergonzosa guerra del petróleo
del señor Bush que, una vez más, quiere matar a miles de inocentes
en nombre de los derechos humanos, tenemos que destacar los
acuerdos que firmaron decenas de países para terminar con sus
diferencias. Congo está a punto de terminar con un conflicto
en el cual fueron implicadas nada menos que siete armadas extranjeras;
en Burundi se ha firmado un acuerdo histórico que pone fin a
nueve años de guerra civil; el gobierno de Sudán acaba de firmar
un alto el fuego con los rebeldes de la armada de liberación,
poniendo fin a veinte años de guerra; Sierra Leone empieza la
reconstrucción después de haber dado fin a uno de los conflictos
más brutales que haya conocido África; El 4 de abril, la armada
regular de Angola y los rebeldes de la UNITA firmaron un acuerdo
que ponía fin a 27 años de guerra civil; en Indonesia se terminan
las hostilidades que, desde que empezaron, en 1976, costaron
la vida a 12.000 personas, en mayoría civiles y Sri Lanka, gracias
al trabajo de mediación de Noruega, entreve la paz por haber
comprendido, después sumar más de 600.000 victimas, que su conflicto
no podía encontrar solución sobre el terreno militar. Por fin
entendieron todos estos países que ningún malentendido se puede
arreglar con militares; ¿Cómo van a trabajar para la paz los
que viven de la guerra? Preguntaba Gändhï sin conocer a Bush.
Casi todas las guerras son guerras de ideología y de negocio;
hay que romper con el catastrofismo endémico de los políticos
y hacer la guerra con palabras; a menudo hacen daño pero no
matan tanta gente y permiten, a veces, llegar a un acuerdo.
Cuando era primer ministro de Francia, hace unos cinco años,
Lionel Jospin causó un gran tumulto en la Asamblea Nacional
francesa declarando - hay que reconocer que con mucha razón-
que "ya, en el siglo XIX, la derecha no destacaba por su conciencia
política", dejando entender que en el siglo XXI no había mejorando
mucho la situación en este sentido. Los diputados conservadores
(que tachan ahora a la izquierda de conservadora por querer
conservar los logros sociales) salieron del hemiciclo en señal
de reprobación, acusando a Jospin de deformar la historia. No
se sabe si este incidente se debe imputar a la buena conciencia
política de la izquierda del momento o a una de estas maniobra
de desacredito a las cuales nos han acostumbrado los actuales
dirigentes de la izquierda española. Los grupos de izquierdas
suelen tener buena conciencia por principio y, desde Voltaire,
son persuadidos de ser involucrados exclusivamente en causas
justas, permitiéndole esta situación mental obviar los problemas
de conciencia. Sacando conclusiones de su debacle del pasado
abril, el partido socialista francés revindica menos angelismo
y buenos sentimientos. En otros tiempos, les habrían calificados
de desviacionistas o de social-traidores; ahora los llaman nuevos
reaccionarios y Daniel Lindenberg acaba de declararles la guerra
con la publicación de su libro "Le rappel al ordre" (llamada
al orden). Este historiador provoca una nueva escisión en los
rangos de los intelectuales socio-liberales de antaño y se descubren
dos tendencias nuevas; los radicales-demócratas y los socio-liberales,
es decir dos filas de indecisos que no saben lo que son ni donde
van. Nada nuevo bajo el sol: la distribución de los papeles
entre derecha e izquierda remonta a la revolución francesa y
si muchos acusan de todos los males a mayo del 68, es que su
memoria no llega más lejos. Lo que pasa es que aparecen ahora
lo que podríamos llamar intelectuales de derecha, escritores,
periodistas y hasta políticos que no se avergüenzan de su forma
de pensar menos categórica que la de los dirigentes de una derecha
tradicional que no aprende ni a palos. El hecho de ser de derecha
ya no es un obstáculo para pensar y algunos se autodenominan
nuevos filósofos, a sabiendas de que el antiguo esquema izquierda
social-derecha autoritaria ha perdido su fuerza explicativa
para una multitud de cuestiones. El problema es que ninguno
de ellos se atreve a pronunciarse sobre temas tan calientes
como, por ejemplo, la cruzada de G. Bush para la conquista del
segundo depósito de petróleo del mundo; es que ser filósofo
no da de comer. En España, la marea negra que provocó una marea
humanan y el hundimiento del gobierno en un mar de incapacidad,
no ha incitado a los políticos a recapacitar; para ello hace
falta decencia, sentido de la responsabilidad y, sobre todo,
coraje y pocas veces se ha visto tanta incompetencia, dejadez
política, indolencia, indiferencia e inaptitud bajo las mismas
siglas. Se habla de tolerancia cero para los terroristas, bueno
estaría instaurar el mismo criterio para la incapacidad política.
Miles de voluntarios civiles sacrificando sus días de ocio y
sus ahorros para ayudar a limpiar las costas gallegas mientras
que 75.000 soldados "dichos profesionales" cobran para hacer
barriga en los cuarteles; esto es la triste imagen que España
esta dando al mundo. Menos mal que dentro de poco hablaran las
urnas, votando muchos de los voluntarios que están haciendo
el trabajo del estado porque el estado es incapacitado por sus
responsables. Votaran los voluntarios a quien este mismo estado
cobrará más tarde en los impuestos el trabajo que hicieron;
por que si persuadir a los demás que son ellos los culpables
y que tienen que apañarse solitos es arte, hacer que los que
te pagan para hacer un trabajo lo hagan ellos mismos, esto es
política.
La
guerra de las palabras
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