El peligro de los perros en San Vicente y sus partidas rurales

Raimundo Montero

Antes de pasar a analizar los riesgos que crean demasiados perros, con lesiones y muertes incluidas, sobre todo los de razas más agresivas y adiestrados para el ataque, creo conveniente exponer las siguientes matizaciones:

Tanto los particulares como el Ayuntamiento de San Vicente y la policía municipal debiéramos entre todos poner remedio a este riesgo permanente y no, como se acostumbra, ceder la responsabilidad de cada cual a los demás (lo dejo caer ya que varias personas me han sugerido que escriba en este periódico sobre este asunto; mas que yo haya aceptado no libera a nadie, ni a mí mismo, de sus responsabilidades en este u otro tema).

Lo del peligro de los perros es un decir, pues generalmente quienes crean verdaderamente el peligro no suelen ser ellos, sino la dejadez y falta de responsabilidad de sus amos.

La problemática en San Vicente pueblo es, a mi parecer, muy distinta a sus partidas rurales; por ello, pienso que se debe analizar por separado y con posibles medidas distintas en algunas ocasiones. En el ambiente rural se dan tres problemas distintos sobre los inconvenientes que crean los perros al vecindario en general:

El más grave es cuando algún particular deja abierta la puerta de su finca rural y el perro, a su aire, puede abalanzarse y atacar a un niño que pase por las inmediaciones de la puerta, correr o tirarse contra un ciclista, alguien que vaya paseando con su bebé en un cochecito, etc. En este caso, el riesgo más grave lo padecen los niños por dos razones: el perro a observar un bulto más pequeño, se envalentona y lo ataca; aunque ante todo el riesgo se halla en que el niño y el adolescente, ante el temor echa a correr, con lo cual el animal lo da alcance y hasta lo puede despedazar; cuando un adulto sabe que debe mantenerse quieto, a fin de aplacar la agresividad del perro de presa, y agarrar –si se puede- algún objeto que le pueda servir de defensa.

Otra costumbre malsana se da en muchos dueños de perros que los mantienen día y noche encadenados, con lo que se consigue torturar a los perros que tanto necesitan moverse, sobre todo por su naturaleza tan dinámica; y, por otro lado, molestan a los vecinos los infinitos gemidos y ladridos, a todas horas –incluidas las horas nocturnas de sueño-, de los animales tan severamente maltratados. ¿Cuándo las autoridades, de una vez por todas, prohibirán y penalizarán ese tipo tan cruel de maltrato a los animales?

Suelen molestar los ladridos de los perros sueltos en las fincas rurales, al no parar de ladrar a los vecinos de las fincas próximas o a quienes pasen por las inmediaciones de la verja donde se encuentren. Los dueños los suelen utilizar para que guarden la finca y el chalé; pero resultan ser demasiados ineficaces: es muy fácil engañar a un perro jugando con él, dándole de comer o envenenándole; sin embargo, los ladrones o asaltadores sí que temen las modernas alarmas, de alta tecnología, que se instalan en el interior de los chalés; al estar conectadas con un servicio humano de vigilancia y con la policía. A nivel del casco urbano, las dos quejas que han llegado a mi conocimiento se debe a que muchas personas por la calle no llevan a su perro con el bozal correspondiente y, lógicamente, a más de un vecino les han atacado o intimidado. El otro es que a los chuchos, mastines, etc. los sacan a las terrazas o patios de los pisos y no paran de ladrar a los vecinos de la finca, a quienes transiten por la calle, etc., perjudicando el reposo nocturno de los ciudadanos. Este problema resulta de difícil solución por el carácter tan peculiar de los españoles, tan dados a creer que nos asisten infinitos derechos pero ningún deber con nadie y, muchos menos, con los animales de quienes demasiados se consideran dueños absolutos; contra los cuales algunos seres humanos desahogan su agresividad y frustraciones a placer y sin límite alguno. En otros países, por ejemplo los Países Bajos, Alemania, Dinamarca, etc. resulta más raro que unos vecinos molesten a otros, pues tienen otra mentalidad y no suelen importunar al vecindario ni siquiera en periodo de fiestas. ¿Cuándo en España comprenderemos que nuestra libertad acaba donde comienza la de los demás? ¿Cuándo admitiremos que no nos asiste ningún derecho a molestar a los demás, ni siquiera con el tipo de fiestas tan valencianas como exageradamente bulliciosas? Y, por último, ¿cuándo dejaremos esa afición tan cruel y malsana de maltratar sin límite a los animales?

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