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Carta
abierta a Quim Monzó
de
Paul-Hervé Paquet,
descubridor
de los plagios senanales de Quim Monzó.
Señor Monzó,
Lamento no empezar la presente carta por el
usual e hipócrita “estimado señor”, pero la estima se gana
y Ud. no ha conseguido ganarse la mía. Ud. conoce perfectamente
la Ley de propiedad intelectual y todos sus apartados referentes
a plagio, usurpación de propiedad intelectual, agravación
por ánimo de lucro y eventual responsabilidad subsidiaria
de los distintos cargos de la editorial. Sabe Ud. que el plagio
es el delito que consiste en “copiar o imitar en lo substancial
obras ajenas, dándolas como propias” y no puede Ud. negar
que la mayor parte de los artículos que firmó durante los
últimos años en el Magazine, contienen, a veces, hasta 90%
de texto ajeno. Como columnista –que no colega suyo- me siento
insultado por su plural cuando dice que “ los columnistas
cogemos las noticias donde sea, escribimos sobre actualidad
y por ello buscamos noticias en las revistas, en la radio,
en los diarios..., en los hechos públicos, que poco tienen
que ver con la creación literaria”. Con esta declaración que
incluye a todos los periodistas en sus fechorías, Ud. no tiene
reparo en implicar a los demás para minimizar su responsabilidad.
Lo que no me explico, es como ha podido caer Ud. tan bajo
por un puñado de billetes; yo me moriría de vergüenza por
un asunto así. Entre la inspiración y la falsificación, que
son los dos extremos del hecho de generar algo a partir de
un modelo ajeno, caben muchas opciones; la parodia, el calco,
la imitación, la copia, el facsímil, la réplica y, en última
instancia, el plagio, con su carga vergonzante debido al hecho
de que este tipo de copia implica que el animo de lucro y
el afán de prestigio pasan por encima del sentimiento creador
o artístico. Se puede considerar este tipo de actuaciones
repugnante, que consiste en compensar el vacío mental propio
con trabajo de otro, como el escalón más bajo de la escala
cultural. Algunos disfrazan este delito de técnica moderna
y llaman Intertextualidad a ese proxenetismo literario algo
maloliente que es a la literatura lo que la promiscuidad es
al amor. Dijo Ud. que en mi documentada denuncia de plagios
hay “errores de perspectivas y no hay maneras de defenderse”;
pero, si hay leyes, que son para todos, es para tenerlas en
cuenta. O si quiere decir que si, mañana, publico bajo mi
firma un artículo hecho de noventa por ciento de trabajo suyo,
este “error de perspectiva” permitiría que se olvide Ud. de
llevarme a juicio. ¡Demonios! No es lo mismo bordar sobre
un tema ajeno y firmar el trabajo de otro y del articulista
se espera originalidad; sino buscamos un traductor. El error
de perspectiva lo cometió Ud. al reírse de la ley que protege
tanto su trabajo como el de los demás, vendiendo gato por
liebre durante años. ¿Cómo puede Ud. explicar que su “seré
breve” del 29 de abril, por ejemplo, contenga sólo nueve líneas
suyas entre las cuarenta que lo componen, siendo el resto
una traducción exacta del texto de Chiara Alpago-Novello publicado
en el “Courrier international”? Por mucho que me lo pienso,
no acabo de entender lo que le pudo pasar por la cabeza. ¡Hombre!
Para alguien que no tiene la cabeza totalmente hueca, una
columna semanal del tamaño raquítico de sus “seré breve” tampoco
necesita tanta imaginación como para tener que robar; pero
claro, como este trabajo se cobra, cuanto más rápido se hace,
mejor; y una fotocopia, es un segundo. Entiendo el porqué
de estas “perspectivas”; no se siente Ud. capaz –y esto le
honra- de presentar factura por un artículo entrecomillado
al 90% y, por ello, como tiene que elegir entre dos males,
Ud. elige el que menos daño hará a su cuenta bancaria y se
olvida de las comillas. Si hubiera tenido la decencia de dar
la cara desde el principio, cuando le avisé, en mayo del año
pasado, de que le había pillado copiando (y que dejó de hacerlo
de inmediato, lo que parece indicar que no tenía la conciencia
tranquila), las cosas no hubieran ido tan lejos. Ahora, cubierto
de oprobio y sentado en el banco de infamia con sus semejantes,
Ana Rosa Quintana, Lucía Etxebarría y “tutti quanti”, le queda
intentar ganarse de nuevo la confianza de los lectores; y
no es pan comido. Puedo entender, sino excusar, el comportamiento
de su editor; él vende un producto; pero Ud. se vende a sí
mismo a través de sus escritos y esa bajeza lo hace quedar
muy mal; los lectores saben ahora de qué está hecho Quim Monzó
y reaccionarán. Para mí, como para muchos españoles, ha dejado
Ud. de existir como autor y he decidido no volver a comprar
nunca nada que lleve su firma por temor a pagar justamente
esto; sólo la firma. Ahora, demuéstrenos que es un hombre,
y si no, miéntenos, engáñenos una última vez haciéndonos creer
que los es, reconociendo su falta y pidiendo perdón a los
demás columnistas que involucró con su plurales algo singulares,
a sus lectores que, semana tras semana, lleváis años engañando,
a los autores a quien habéis robado decenas de obras sin compensarles
ni siquiera citándoles y a los que, durante todos estos años
de picardía, le han pagado escrupulosamente estos plagios.
Pida perdón antes de desaparecer del panorama periodístico
donde no tienen nada que pintar los tramposos. Deje Ud. el
sitio a los columnistas que están esperando una oportunidad
con la cabeza llena de ideas nuevas y de artículos, no se
sabe si mejores o peores que los suyos, pero de primera mano,
originales, nacidos y firmados por la misma mano. Reconozca
su falta y nos olvidaremos del asunto...y de Ud., porque confío
en que, ahora que se ha demostrado al mundo entero qué clase
de embaucador es Ud., los que le pagan y, hasta ahora podían
valerse de su desconocimiento de los hechos, tendrán que enseñarle
donde está la puerta de salida. He dicho que ya no compraré
nada que lleve su firma y Ud. sabe lo que vale mi palabra,
pero, incluso si debo ser su único lector, tenga por seguro
que seguiré vigilándole. Antes de despedirme y ahora que,
apoyada por los hechos, la duda está permitida, pregunto yo:
¿De los Ochenta y seis cuentos que firma Quim Monzó, cuántos
son de la pluma de Quim Monzó?
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