El plagio como medio Intertextualidad ¡Abran paso al recomendado! Carta abierta a Quim Momzó

¡Abran paso al recomendado!

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Raimundo Montero

Con la venia de los influyentes de España (quienes ostentan la potestad de favorecer) y sus beneficiados (aquéllos que disfrutan de su protección), paso a someter al tribunal de la razón la dialéctica entre el señor (el recomendado que goza de las prebendas) y el siervo (el que, aunque valiese más que el anterior, no encuentra quien lo favorezca). No pretendo recrearme en la veracidad o no de las pruebas que el señor Paquet presenta de los plagios del articulista Monzó (para ese menester remito a los internautas a la página Web mencionada arriba), sino en que, a mi entender, el conflicto habrá surgido en el instante en que los gerifaltes del periódico La Vanguardia y el aludido Quim Monzó, desde hará largos meses, hayan mantenido una actitud constante de indiferencia hacia el valiente descubridor, le hayan tratado de cantamañanas, nadie se haya puesto en contacto con él, y me imagino que habrán provocado que él se haya rebelado, se crea cándidamente ciudadano de primera y, en consecuencia, el plebeyo (en su acepción de desfavorecido políticamente) se ha tomado el asunto con tal excesiva gravedad que no se van a perder ripio incluso los dioses del Olimpo de los presumibles plagios de este afamado patricio (en su sentido de favorecido políticamente). Si bien sorprenderá a ciertas personas, admito que se cometerá una injusticia si se crucifica moralmente en demasía a Quim Monzó, pues es la mayoría de la sociedad española en su conjunto, y no sólo él, quien generalmente no estima la valía, la originalidad y la honradez, sino la fama, la recomendación y la bellaquería. Por esa causa, si él es famoso y la estrella del periódico La Vanguardia, seamos honrados aunque sólo sea por un instante, ¿cualquiera de nosotros no nos beneficiaríamos también de esa bicoca y publicaríamos, plagiando o no, lo que se nos antojara? Entonces, ¿el culpable es tan sólo Quim Monzó o también los millones de afectados por el virus intelectual de la titulitis?, quienes valoran mil veces más la firma grandilocuente de un artículo o de una novela (político de turno, catedrático de universidad, gente de la farándula; famosillo, recomendado de turno, etc.) que su contenido (acaso redactado por un simple españolito de a pié, pero un escrito original, sensato y con verdadera sustancia). Por favor, señores, no le exijamos seriedad y decencia a un español de la cual carece el común de la sociedad de una manera brutal. ¿Creen, de veras, que vivimos en un país serio que, en vez de defenestrar a Ana Rosa Quintana por servirse de un negro literario, continúa cada día en la teletonta y, en gracia a su plagio, se ha convertido en la flamante directora de una revista? De Pirineos hacía arriba, poco después de verificarse el plagio, la abrían puesto de patitas en la calle, por valerse de un negro para que le haga la o con un canuto. El quid de la cuestión estriba en que en nuestra querida España para acceder a la bienaventuranza del éxito (publicar en la prensa y en editoriales nacionales, ser catedrático de universidad o cualquier otro puesto codiciado), a quienes carecen de una adecuada influencia, se les exige demostrar ser, en la materia de que se trate, de entre los diez mejores del país; al tiempo que quien se deleita de su prebenda, favoritismo o carta de recomendación, se le abren las puertas de la notoriedad, pese a que se tratase de una persona mediocre y más lerda que un chimpancé a la hora de explicar la metafísica de Aristóteles. Sirvámonos de unos ejemplos clarificadores, si no lo remedia Pilar del Castillo, la endogamia universitaria resulta ser tan desalmada que se ha dado el caso de personas que se han presentado a una plaza, hartas durante una semana de compulsar publicaciones, artículos, títulos; etc.; mientras al favorecido del jefe de departamento didáctico que la convocaba, se la han concedido sin ni siquiera molestarse en presentar toda la documentación. De similar guisa, si una persona sin prebendas comete la osadía de intentar presentar fotocopia de excelentes artículos a fin de que el director de un periódico le contrate en la sección de opinión, ni se rebajará a atenderlo debido a que “está reunido”. Ahora bien, si se presenta un articulista mediocre, mas provisto del contacto de un político afín a ese diario, aunque el director estuviese realmente ocupado, despachará de inmediato a quien permaneciese en su despacho y ordenará sin contemplaciones: “¡Abran paso al recomendado”. Y sobre los concursos literarios, observen qué desproporción: ¡con lo fácil que resulta -para quien atesora un ingenio intermedio- redactar una novela parecida o mejor que muchas galardonadas con premios de gran renombre!; sin embargo, nos previenen los entendidos, sin el consabido salvoconducto del contacto es casi imposible ganar esos certámenes. Vivimos en una España, no del señor y del siervo, pero sí de una relación parecida: la de los que saborean su recomendación y la de los que sufren por carecer de ella. Y prevengo a cualquier persona de humilde cuna, al igual que a mí mismo, que no seamos cándidos, no luchemos contra gigantes que nos pueden aplastar con el dedo meñique si lo desean, pues la única igualación entre el recomendado y el no apadrinado ya nos acaecerá a todos ante la falta de influencias y en el silencio eterno de la cripta.

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