Con la venia de los influyentes de España (quienes
ostentan la potestad de favorecer) y sus beneficiados (aquéllos
que disfrutan de su protección), paso a someter al tribunal
de la razón la dialéctica entre el señor (el recomendado que
goza de las prebendas) y el siervo (el que, aunque valiese
más que el anterior, no encuentra quien lo favorezca). No
pretendo recrearme en la veracidad o no de las pruebas que
el señor Paquet presenta de los plagios del articulista Monzó
(para ese menester remito a los internautas a la página Web
mencionada arriba), sino en que, a mi entender, el conflicto
habrá surgido en el instante en que los gerifaltes del periódico
La Vanguardia y el aludido Quim Monzó, desde hará largos meses,
hayan mantenido una actitud constante de indiferencia hacia
el valiente descubridor, le hayan tratado de cantamañanas,
nadie se haya puesto en contacto con él, y me imagino que
habrán provocado que él se haya rebelado, se crea cándidamente
ciudadano de primera y, en consecuencia, el plebeyo (en su
acepción de desfavorecido políticamente) se ha tomado el asunto
con tal excesiva gravedad que no se van a perder ripio incluso
los dioses del Olimpo de los presumibles plagios de este afamado
patricio (en su sentido de favorecido políticamente). Si bien
sorprenderá a ciertas personas, admito que se cometerá una
injusticia si se crucifica moralmente en demasía a Quim Monzó,
pues es la mayoría de la sociedad española en su conjunto,
y no sólo él, quien generalmente no estima la valía, la originalidad
y la honradez, sino la fama, la recomendación y la bellaquería.
Por esa causa, si él es famoso y la estrella del periódico
La Vanguardia, seamos honrados aunque sólo sea por un instante,
¿cualquiera de nosotros no nos beneficiaríamos también de
esa bicoca y publicaríamos, plagiando o no, lo que se nos
antojara? Entonces, ¿el culpable es tan sólo Quim Monzó o
también los millones de afectados por el virus intelectual
de la titulitis?, quienes valoran mil veces más la firma grandilocuente
de un artículo o de una novela (político de turno, catedrático
de universidad, gente de la farándula; famosillo, recomendado
de turno, etc.) que su contenido (acaso redactado por un simple
españolito de a pié, pero un escrito original, sensato y con
verdadera sustancia). Por favor, señores, no le exijamos seriedad
y decencia a un español de la cual carece el común de la sociedad
de una manera brutal. ¿Creen, de veras, que vivimos en un
país serio que, en vez de defenestrar a Ana Rosa Quintana
por servirse de un negro literario, continúa cada día en la
teletonta y, en gracia a su plagio, se ha convertido en la
flamante directora de una revista? De Pirineos hacía arriba,
poco después de verificarse el plagio, la abrían puesto de
patitas en la calle, por valerse de un negro para que le haga
la o con un canuto. El quid de la cuestión estriba en que
en nuestra querida España para acceder a la bienaventuranza
del éxito (publicar en la prensa y en editoriales nacionales,
ser catedrático de universidad o cualquier otro puesto codiciado),
a quienes carecen de una adecuada influencia, se les exige
demostrar ser, en la materia de que se trate, de entre los
diez mejores del país; al tiempo que quien se deleita de su
prebenda, favoritismo o carta de recomendación, se le abren
las puertas de la notoriedad, pese a que se tratase de una
persona mediocre y más lerda que un chimpancé a la hora de
explicar la metafísica de Aristóteles. Sirvámonos de unos
ejemplos clarificadores, si no lo remedia Pilar del Castillo,
la endogamia universitaria resulta ser tan desalmada que se
ha dado el caso de personas que se han presentado a una plaza,
hartas durante una semana de compulsar publicaciones, artículos,
títulos; etc.; mientras al favorecido del jefe de departamento
didáctico que la convocaba, se la han concedido sin ni siquiera
molestarse en presentar toda la documentación. De similar
guisa, si una persona sin prebendas comete la osadía de intentar
presentar fotocopia de excelentes artículos a fin de que el
director de un periódico le contrate en la sección de opinión,
ni se rebajará a atenderlo debido a que “está reunido”. Ahora
bien, si se presenta un articulista mediocre, mas provisto
del contacto de un político afín a ese diario, aunque el director
estuviese realmente ocupado, despachará de inmediato a quien
permaneciese en su despacho y ordenará sin contemplaciones:
“¡Abran paso al recomendado”. Y sobre los concursos literarios,
observen qué desproporción: ¡con lo fácil que resulta -para
quien atesora un ingenio intermedio- redactar una novela parecida
o mejor que muchas galardonadas con premios de gran renombre!;
sin embargo, nos previenen los entendidos, sin el consabido
salvoconducto del contacto es casi imposible ganar esos certámenes.
Vivimos en una España, no del señor y del siervo, pero sí
de una relación parecida: la de los que saborean su recomendación
y la de los que sufren por carecer de ella. Y prevengo a cualquier
persona de humilde cuna, al igual que a mí mismo, que no seamos
cándidos, no luchemos contra gigantes que nos pueden aplastar
con el dedo meñique si lo desean, pues la única igualación
entre el recomendado y el no apadrinado ya nos acaecerá a
todos ante la falta de influencias y en el silencio eterno
de la cripta.
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a RaimundoMontero