La punta del iceberg.

 

Paul-Hervé Paquet

 

"La Biblia contienen seis admoniciones para los homosexuales y 62 para los heterosexuales. Eso no significa que Dios no ame a los heterosexuales; es sólo que necesitan mayor supervisión".

Henri Valentine Miller
Escritor estadounidense 1891-1980

Con una inconmensurable falta de respecto para las leyes y las personas, Bernardo Álvarez, Obispo de Tenerife, acaba de hacer una demostración de lo que es no tener vergüenza ni dignidad. Presentándose, él y los sacerdotes a su cargo, como víctima de unos niños malvados que les acosan hasta obligarles a cometer los delitos de pederastia, abuso sexual y otras pequeñeces de la misma calaña, el tal Álvarez, por muy Obispo que sea, hace apología de la violación de menor sin pensar que está cometiendo un delito. Para minimizar los daños, mezcla perversamente los conceptos para engañar al personal, poniendo en la misma cesta la homosexualidad y la pederastia (que así se llama el abuso sexual de menores) cuando, si la primera es una opción sexual tan respetable como otra, la segunda es un crimen. Siempre han jugado con las palabras; es la base de su negocio; lo hacen cuando llaman confesión a un acto de espionaje mental que les permite luego utilizar para su provecho las debilidades de sus víctimas, cuando llaman comunión a una ceremonia de antropofagia simbólica o cuando llaman celibato opcional al voto de castidad obligatorio. Ese celibato obligatorio les estigmatiza y se obsesionan por controlar y reprimir el sexo ajeno, llevando a cabo esas cruzadas ridículas contra la libre elección de parejas con independencia de género y número y contra el amor que libera de la necesidad de religión.
Que las manos Santísima tocan los bajos fondos de los colegiales no es noticia nueva y ya, como víctima, conté algo de ello en estas mismas páginas, pero no piensan que los menores, marcados por los dedos lascivos de estos viejos verdes llevarán ocultó su trauma como un tatuaje y, aunque se hayan negado con los ojos, con la voz y con los brazos, estas víctimas de la fuerza de los adultos que dominan hasta los pensamientos llevarán toda la vida la culpa de su supuesto consentimiento.
Sólo en Estados Unidos entre1970 y 1990, 4392 sacerdotes católicos fueron acusados de abusar de 10.667 menores; en casi todos los casos las víctimas eran niños impúberes, siendo la inmensa mayoría de ellos varones; Este dato, además de darnos a entender que hablamos de cerca del 5% del clero de este país, indica que cada uno de esos pederastas abusó de una media de tres niños.
Sin embargo, hay padres intrépidos que siguen llevando a sus hijos a que se formen bajo el manto clerical y se hacen cómplices de estos abusos mandando a sus hijos a colegios religiosos o parareligiosos, sacristías y templos, campamentos o colonia, ejercicios espirituales, etc., por no saber o no querer saber lo que se cuece debajo de la sotana.
            La iglesia, con la prepotencia que la caracteriza, no se considera obligada a rendir cuentas al pueblo; dicen los obispos y cardenales que no les toca entregar y denunciar ante las autoridades judiciales a los sacerdotes o religiosos pederasta y prefieren encubrir esos crímenes; "no nos corresponde estar entregando a nuestros hijos, a los hijos de la Iglesia, a la autoridad civil; nos toca juzgarlos según nuestras propias leyes": Estos empresarios con sotana y mercedes prefieren encubrir esos crímenes, ya que están más preocupados por mantener el tema en secreto con el objeto de lograr un manejo financiero y administrativo óptimo en vez de preocuparse por los intereses de las víctimas.
Sin embargo, el pueblo está despertando y caen algunos delincuentes: El tribunal suprema condenó al Cardenal Antonio María Rouco Valera, actualmente en la cúpula de la Conferencia episcopal, uno de los hombres clave de la secta católica del siglo XXI, como responsable civil subsidiario de un abuso de menor, o sea, como cómplice por haber intentado silenciar el caso. Los cómplices no se encuentran sólo a nivel del obispado; hay algunos más alto. En mayo de 2001, el cardenal Joseph Ratzinguer, entonces prefecto por la Congregación para la doctrina de la fe (el nuevo nombre de la santa inquisición) y actual Papa, envió una carta a todos los obispos católicos declarando que las investigaciones internas de la Iglesia sobre los casos de abuso sexual infantil quedaban sujetas a secreto pontificio y que no debían ser denunciada a las fuerzas públicas, bajo pena de excomunión. A mediados de la década de los 90, el arzobispo Connel, de Dublín (ahora Cardenal) prestó dinero a un sacerdote que había abusado sexualmente de un acólito para compensar a la familia y prevenir que se denuncie el abuso a la policía; ambos fueron condenados.
En el mundo, el clero de la iglesia católica está formado por, aproximadamente, 1.600.000 seminaristas, sacerdotes y monjas, repartidos en 220.000 parroquias. De este contingente, según un cálculo basado sobre la media de la población, más de 200.000 personas son homosexuales y lesbianas, incluyendo también a transexuales que actualmente están siendo expulsados del servicio religioso por una orden secreta (incompatible con los derechos humanos) emitida por Joseph Ratzinger, cuando estaba al frente de la congregación para la doctrina de la fe. El clero no sólo es ajeno a las prácticas sexuales normales de la humanidad, sino que existe un vínculo demostrable entre el celibato obligatorio y el abuso sexual por su parte. La evidencia es tan clara que podemos predecir la reincidencia del crimen mientras exista el celibato obligatorio en el sacerdocio. Además, en su extrema discriminación sexual, al agrupar por separado a hombres y mujeres y generar solidaridades de grupo extraordinariamente emocionales e íntimas, ha hecho atractiva la vida religiosa para homosexuales y lesbianas, preferencia reforzada por la matización de estas opciones en una sociedad predominantemente heterosexual y patriarcal. Para estas personas, el seminario y el convento, la vida de recogimiento interior y servicio desinteresado al que sufre, es una alternativa a la alienación de este colectivo en nuestra sociedad, a la vez que una oportunidad de preservar su práctica sexual del escrutinio público tras los votos de celibato y castidad, relacionándose dentro de un grupo que comparto el mismo estigma, las mismas inclinaciones y los mismos secretos. Pero si preguntamos si debemos admitir como acto de libertad de conciencia la aplicación de una norma discriminatoria por razón de sexo, raza o creencias que condiciona el acceso a una organización, la respuesta constitucional es no y el derecho civil admite que el afiliado de una asociación pueda demandar a los responsables jerárquicos de la misma si se siente discriminado por razón de sexo, raza o creencias por alguna disposición interna que se le haya aplicado o que se haya negado a cumplir.
Tenemos que notar que el voto de castidad y celibato, para la iglesia católica, se refiere únicamente al clero heterosexual. El esquema católico considera que el sacramento matrimonial reúne exclusivamente el vínculo entre un hombre y una mujer con fines reproductivo como unidad básica de la familia, admite solamente la heterosexualidad, siendo las otras opciones sexuales un pecado contra natura, una aniquilación o aborto seminal (a pesar de que el 90% de los sacerdotes admiten que se masturban), una tara, un vicio execrable o menoscabo de la condición natural. Como continuación lógica de este esquema, la iglesia católica transmitió esta sacralización de la heterosexualidad al derecho canónico y los votos de castidad y celibato se convirtieron en un juramento de abstención solamente frente a las relaciones heterosexuales, ya que la homosexualidad había sido excluida radicalmente no sólo de los sacramentos, sino de la propia naturaleza (sic). Todas estas consideraciones nos llevan a aceptar, como lo publicaba la revista Newsweek hace poco, que, haciendo un cálculo conservador, entre el 35 y el 50% de los sacerdotes católicos son homosexuales y que de no haber homosexuales en la iglesia, ésta no podía seguir funcionando como lo hace. Esto es lo de menos, cada uno es libre de elegir su sexualidad, pero la iglesia tiene que aceptar su responsabilidad, no culpar a los niños y entender que el celibato está pudriendo el fruto de una pasión. Es bueno recordar también que el voto de castidad es una invención del siglo doce tomada por la iglesia más por razones políticas y económicas que por motivos religiosos; fue creado por la iglesia como una manera de administrar el pase de unos bienes que le escapaba, ya que cuando un sacerdote casado moría, dejaba sus propiedades como herencia para sus hijo. San Pedro, el primer Papa, estuvo casado, y Jesús en ningún momento exigió de sus apóstoles privarse de una vida en connivencia con una pareja amorosa aunque sí, decía el tal Cristo, “dejen que los niños se me acerquen” (Lucas 18:16) y, con esa manía que tienen de tomarlo todo al pie de la letra, me pregunto si tendrá esto algo que ver con el asunto.
El episcopado está empeñado en minimizar el problema y exculpar a sus sacerdotes  pederastas, al mismo tiempo que intenta cargar toda la responsabilidad a la víctima, haciéndole sentir culpable de que, si denuncia al sacerdote, dañará la imagen de la Iglesia. Esta estructura perversa apoyada por las leyes canónicas cuyas leves sanciones, como la de la amonestación, solapan aún más las prácticas pederasta mientras algunos jerarcas intentan ahogar el pez afirmando, como siempre, que son ellos las víctimas y que, detrás del escándalo “hay una conspiración contra la Iglesia”.
Tenemos el deber que luchar contra la impunidad de todos los delincuentes, contra el miedo de acusar a sacerdotes a quien vemos como mayores, como siervos de Dios, como inocentes, cuando muchos no lo son. Una sola persona no representa al conjunto, como tampoco un Obispo representa la Iglesia, y si en una cesta hay una manzana podrida, se tiene que sacar para que no estropee las demás; pero, a lo mejor, ya es tarde, están todas podridas y vemos sólo la punta del iceberg.