|
Raimundo
Montero
No hay nada más injusto en la España de finales de siglo que
el estado de sumisión que sufren innumerables padres por parte
de sus propios hijos. La situación resulta ser más grave de
lo que parece a simple vista, pues uno de los peores tipos de
esclavitud se padece en el seno familiar. Parece mentira lo
voluble y cambiante de las sociedades, ya que hemos pasado en
el transcurso de entre una y tres generaciones a una inversión
total de los papeles o roles: de la casi servidumbre de los
hijos y de los alumnos por parte de sus padres y profesores
a la sumisión actual de éstos al capricho de los adolescentes,
jóvenes y no tan jóvenes. Veámoslo. Los ciudadanos españoles
de una edad de 65 años o más, saben de sobra que la mayoría
en su infancia eran sometidos a una austeridad desdeñosa, en
un sistema familiar en el cual no tenían ni voz ni voto y en
el que cualquier defecto o acto propio de la infancia se corregía
duramente en la escuela y en el seno familiar. Como es sabido,
el tipo de familia que se llevaba en el nacionalcatolicismo
se sujetaba a las directrices del padre o pater familias y el
hijo se concebía como alguien que nacía para obedecer, ayudar
a los padres y ponerse inmediatamente a trabajar. Por esta causa,
a los padres y a los profesores se les trataba de usted y con
temor, puesto que cualquier desobediencia se reprimía severamente
con guantazos paternos o vara de fresno en mano del maestro
de escuela. Sin duda alguna tal tipo de educación tenía cierta
dosis de locura y de injusticia por basarse desmedidamente en
la sujeción y en la obediencia ciega. Es decir, al niño no se
le permitía realizarse como tal, se le exigía un comportamiento
serio y de adulto a muy tierna edad, se le insertaba en el mundo
del trabajo antes de ser adolescente. Evidentemente, este tipo
de comportamiento familiar fue bendecido y apoyado por la Iglesia
católica, omnipresente en todas las esferas de lo social y dirigiendo
todo a su gusto desde los resortes de Estado católico, apostólico
y falangista. Por el contrario, actualmente se ha doblado la
balanza excesivamente a favor de los hijos y de los alumnos.
Así pues, si un estudiante es maleducado, impertinente o grosero,
hoy en día, poco pueden hacer sus profesores sino resignarse
y esperar a que acabe el curso. En el caso de los padres, la
situación empeora aún mas. Hoy en día casi todo gira excesivamente
en torno a los hijos y el único derecho de los padres consiste
en trabajar duro para pagar sus caprichos. Con lo cual, pretendiendo
hacerles un bien, con esa vida fácil y cómoda, sin esfuerzos
ni sacrificios, se les hace egoístas, se les impide madurar
adecuadamente y se les mantiene en una irresponsabilidad infantil.
De tal manera se ha llegado a esta especie de servidumbre que
se dan miles de casos de jóvenes de más de 25 años, que dejaron
de estudiar ya hace muchos años, y que se encuentran tan cómodos
en la casa paterna (sin pegar ni golpe, con su madre haciéndoles
la cama, limpiando la casa, cocinando, fregando), que con tales
comodidades rechazan cualquier trabajo bien porque se gana poco,
bien porque lo consideran demasiado sacrificado, o por tratarse
de una labor poco atractiva. Hasta tal punto se está llegando
en este despotismo descarado que muchos padres jubilados se
quejan de que sus hijos los tratan con excesiva severidad, exigiéndoles
que sean perfectos y no pasándoles ni el menor defecto. La posible
solución vendría de evitar los excesos, huyendo de la crueldad
del pater familias antiguo romano o contemporáneo franquista
y de la excesiva condescendencia actual. El saber antiguo nos
podría ayudar a comprender el problema y el posible remedio
en la sabiduría popular de los antiguos egipcios. Decía una
máxima de este pueblo: “Si eres hombre noble y engendras un
hijo por la gracia de Dios, si él es honesto cuidará de ti,
cuidará de tus bienes. Trátalo con bondad, no lo apartes de
tu corazón. Pero si se aprovecha, castígalo”. Quisiera que la
sociedad en su conjunto se tomara en serio este problema y se
debatiese con profundidad, ya que una cosa es la estima que
merecen los alumnos por parte de sus profesores o el amor que
dispensan los padres a sus hijos y otra cosa es hacer el primo
descaradamente, donde ellos sólo tiene derechos y los padres
y profesores obligaciones. No nos confundamos de manera pueril:
¿Es lo mismo el amor y la amistad que hacer el primo indignadamente?
Yo creo que no, y, por ello, he aportado la posible solución
de portarse bien con ellos excepto en el caso en que se observe
que se aprovechan descaradamente de la situación; pues si como
nos advierte Cicerón, la propia naturaleza impulsa al amor y
al respeto hacia quienes nos han dado la vida, ¿por qué seguir
tratando y sirviendo como a reyes a quienes no manifiesten ese
amor natural y sí un egoísmo exacerbado que les conduzca a explotar
y a aprovecharse de sus padres?
Escribir
a Raimundo Montero
|