El deslustre de no pensar

Raimundo Montero

Uno de los vicios más extendidos en cualquier sociedad humana no es otro que el guardarse de pensar; que consiste en la costumbre malsana de seguir las pautas de los pensamientos establecidos o canonizados por la mayoría del país donde se resida y, pese a que nos perjudiquen, no conseguir o no desear enfrentarnos a ellos ni criticarlos. Por fas o por nefas, ejemplos de esta actitud sobreabundan, a poco que nos detengamos a analizar estos procederes:

1.- A nivel teórico casi nadie de quienes alardean de su ideología religiosa o política conoce suficientemente lo básico de sus creencias. Pocos católicos me he tropezado en mi vida que sepan los fundamentos filosóficos (Santo Tomás de Aquino), teológicos (el porqué de su particular interpretación de la Biblia) e históricos (cuándo y por qué se difunde sus creencias bajo el Imperio Romano) en que se basa su preciado catolicismo. Lo mismo sucede con protestantes, mormones, anglicanos; islámicos, etc. En el ámbito político, reducidos militantes de izquierdas dominan lo rudimentario de los planteamientos económicos, filosóficos e históricos de Karl Marx, así como demasiados conservadores lo son sin percatarse siquiera que les interesa esa política sobre todo si poseen innumerables bienes que conservar a buen recaudo. ¿No les parece provechoso que cada cual estuviera al corriente de los fundamentos esenciales de su ideología política o religiosa?

2.- A nivel de las relaciones personales, ya bien amistosas o familiares, tropezamos con similares descalabros. Demasiados padres, que se han convertido en eficientes taxistas, limpiadores y subalternos de sus hijos o prole, si les hubiese tocado vivir su actual situación hace treinta años, por la misma mimesis social maltratarían arbitrariamente a sus descendientes, y éstos habrían de desplazarse andando, en autobús o como les diera la real gana, pero sus padres no serían sus choferes, a causa de que entonces esa actitud tan servil no se llevaba en nuestra querida y poco filosófica España. ¿No habría que equilibrar la balanza y que los padres, sin ser tan autoritarios como en otras épocas, no maleduquen a sus hijos convirtiéndose en eficaces criados de su sucesores? ¿No nos ha acaecido algo semejante entre el maestro dictador del régimen de Franco al profesor pelele del sistema educativo de la LOGSE? ¿A qué se debe que erremos sin cesar en un extremo vicioso u otro? ¿Acaso no existe el término medio o virtud en que nos aleccionó Aristóteles, ese excepcional maestro de la humanidad?

3.- En el ámbito ecológico, se causa un deterioro grave a la naturaleza por la carencia de reflexión en cuanto a los hábitos de transporte, de vida o de mínimo respeto a la flora y la fauna. Pongamos por caso la ecuación tan desacertada que infinidad de españoles llevamos a efecto: al disponer de automóvil suponemos que es el medio de transporte mejor y más conveniente en la generalidad de las situaciones y lo utilizamos en las ocasiones en que nos beneficiaría más montarnos en un autobús o en un tren. Tal cual acaece en el medio rural de San Vicente del Raspeig: me jugaría un potosí a que la mayoría de los residentes en el medio campestre de la población citada desconoce el horario del autobús rural que les conecta con el núcleo urbano, cuando en diversas situaciones nos convendría más servirnos de él que de nuestro auto particular. En general, se acepta tácitamente en EEUU, España, etc., que una persona cuanto más riqueza posea, más ha de consumir y, por tanto, contaminar en automóviles de lujo, calefacción, refrigeración... En países más avanzados, han comprendido que no debe ser necesariamente de ese modo, sino que observas por Amsterdam, Copenhague, París, etc., a muchos ciudadanos de alto nivel de vida que adquieren hábitos tan poco contaminantes como servirse habitualmente de la bicicleta de vehículo fundamental y diario de transporte. Los españoles, que tanto cuidamos el aspecto exterior de nuestro cuerpo, de nuestras casas y de los coches, podríamos mimar también nuestro interior: ese cerebro que tan livianamente utilizamos y que precisa una puesta a punto, a fin de que, en una inspección técnica de las neuronas, las desengrasemos un tanto, las desacostumbremos a demasiado mimetismo infantil y comencemos los más a acostumbrarnos a esa actividad tan humana y que tenemos tan relegada: aprender a pensar bajo la consigna de nuestros ancestros ilustrados:

Sapere aude! (Ten el coraje de usar tu propia razón).

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