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Raimundo
Montero
Por más que lo intente, José María Aznar no nos
va a persuadir a la mayoría de los españoles a fin de que aplaudamos
la necesidad de una guerra contra Irak, tan injusta como descarada
en sus objetivos y justificaciones. Que se sepa, es obligación
de los presidentes de gobierno el luchar y el no promover el
terrorismo internacional; sin embargo, una invasión contra Irak,
y a la captura y expolio de su petróleo, incrementará enormemente
las ansias de venganza de millones de islámicos, que jamás perdonarán
que Israel no pare de masacrar a los palestinos, con tanques
y aviación incluidas y, paradójicamente, haya que arrasar un
Estado árabe que está colaborando con los inspectores de las
Naciones Unidas en desmantelar el armamento que seguramente
les habrá vendido Rusia y el propio Estados Unidos; quienes,
para mayor inri, son los que poseen mayor cantidad de armamento
de destrucción masiva. Lo más terrible y chocante de esta probable
guerra tan desmedidamente caprichosa se halla en que el presidente
Bush, cinco días después del ataque terrorista en Estados Unidos
del 11 de septiembre, se atrevió a pregonar (puede decir lo
que quiera, por algo es el caudillo de la ONU) que primero invadiría
Afganistán y luego Irak. ¡Recórcholis!, un poco de ética y de
sensatez no les vendría nada mal a más de un gobernante: ante
un ataque terrorista se debe buscar y presentar ante la justicia
a sus causantes y no exterminar a decenas de miles de inocentes
de los países más empobrecidos del planeta. Esa política resulta
tan inmoral y bestial cual si uno va a un médico por un simple
dolor de cabeza y el matasanos se lo soluciona con efectividad
total; o sea, cortándosela de tajo. Que me perdonen Aznar, Bush
y Blair, pero considero firmemente que la vida de un español,
estadounidense y británico posee el mismo valor que la de uno
de Afganistán, Irak o de Corea del Norte. Ellos dirán que no:
que vale un estadounidense o europeo más que mil iraquíes. Que
piensen lo que les apetezca, pese a que éticamente resulta inaceptable.
Ya veremos que sucederá en marzo con millones de iraquíes inocentes
y para nada responsables de las atrocidades de su presidente
Saddam Hussein, como de si ordena el bombardeo e invasión el
Gran Jefe planetario; no obstante, en las sesiones del Consejo
de Seguridad de las Naciones Unidas sentí cierta vergüenza de
ser español por lo lacayo y mediocre de la postura de nuestro
Gobierno y, por el contrario, me llenó de satisfacción la posición
de la República Francesa, en el punto en que su portavoz expuso
sus razones con dignidad, cultura y sin faltar a la debida equidad
internacional. Si verdaderamente se desease erradicar el terrorismo
internacional, tanto Bush como Aznar y Blair debieran promover
este tipo de medidas que si no lo suprimirían del todo, sí que
lo disminuirían grandemente:
1.- Respetar el derecho a la autodeterminación
de los pueblos, tal cual lo reconoce la propia ONU. Rusia lo
vulnera con Chechenia; Israel en Palestina, etc.
2.- No utilizar una doble vara de medir: Irak
debe cumplir las resoluciones internacionales al igual que Israel,
Estados Unidos, Rusia; China, etc.
3.- Obligar a Israel a una solución pacífica y
definitiva con los palestinos, así como a devolverles sus territorios.
4.- No incidir tan neciamente en actuaciones que
hieran continuamente la sensibilidad y la dignidad de tantos
millones de árabes.
5.- Firme oposición a la política recurrente del
derecho del más fuerte.
Esperemos que en la próxima sesión del Consejo
de Seguridad de la ONU sobre la crisis de Irak, nuestra ministra
de asuntos exteriores no vuelva a ser más guerrera y dura contra
Irak que la postura de Estados Unidos e Inglaterra. Confiemos
en que rectifique y no yerre con este planteamiento: si los
españoles hemos sido más papistas que el Papa, ¿por qué no seremos
ahora más belicistas que Estados Unidos?
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