Visita del domingo (IV)

Los parásitos

Paul-Hervé Paquet

Esta mañana, recibí la visita de una pareja que se presentó como "delegados de la parroquia"...

 

Pedían dinero para arreglar la catedral o no sé qué otro centro de lavado de cerebro del mismo tipo. Al borde de la ilegalidad, recibiendo dinero sin dar ningún recibo, estos mendigos encorbatados de los tiempos modernos, prostituyéndose sin saberlo para un proxeneta en sotana, iban de casa en casa pidiendo sin miedo y sin vergüenza ninguna ayuda financiera para salvar lo que nombraban patrimonio de la humanidad. Parece increíble que, aprovechando vergonzosamente la credulidad y la debilidad de personas al cerebro lavado durante generaciones, estos curas consiguen todavía que la gente les dé dinero para mantener unos edificios comerciales construidos con el dinero de nuestros antepasados, y más increíble todavía que cuando este dinero no es suficiente, consigan que el estado, aunque laico, pague por este supuesto patrimonio nacional. Me gustaría ver mi panadero pidiendo dinero para pintar su tienda o el Corte Ingles sacando mil duros a cada cliente para arreglar uno de sus centros comerciales. Sería la misma cosa pero me puedo imaginar el escándalo que se levantaría. Cuando pienso que tienen el coraje de pedir dinero a más pobres que ellos para arreglar el techo o las paredes de unas iglesias en las cuales hay tesoros, algunos a la vista (de los cuales la mayor parte es falsa y la otra son copias porque el oro y la plata original han sido fundidos y vendidos hace mucho tiempo) y muchos escondidos, por un valor millones de veces superior a la factura de dicho arreglo, se me pone el pelo de punta. Me imagino lo que se montaría si cualquier vecino de San Vicente, en vez de tocar a sus ahorros para arreglar su casa, instalar una picina o pagar los servicios de un jardinero, fuera por la calle pidiendo dinero para hacerlo. Le meterían a la cárcel acusándole de mendicidad, estafa, abuso de confianza o no sé que más y, a lo mejor, tendrían razón. Lo que me molesta en esta historia es que la tarifa no es la misma para todo el mundo y que mis mendigos del domingo no irán a la cárcel y tampoco nadie se sorprenderá de verles pedir dinero, incluso cuando el motivo es escandaloso. Uno que me pide para comer obtendrá de mi algún bocadillo, pero estos estafadores han salido de mi casa sin nada. Si habían venido pedir para habilitar viviendas para los que viven en la calle o para comprar comida para los que se tienen que apretar el cinturón, a lo mejor me sacaban algo, pero dar dinero para engordar la cuenta bancaria de unos de los más importantes parásitos de la humanidad me parece una insensatez. Desde hace casi dos mil años, esta gente vive del dinero de los más pobres, dado que los ricos, como pueden estudiar, no tardan mucho a darse cuenta de que les están estafando. Tuve la suerte de poder viajar bastante, y en mi ultimo estancia en Brasil, vi de que eran capaces estos rapaces en sotana. Para viajar, lo más cómodo es de llevar algunos dólares que se cambian poco a poco. En Río de Janeiro, teníamos dos opciones a la hora de cambiar este dinero; los bancos que cambiaban al curso oficial, es decir, una miseria y cobraban una comisión de cambio y algunas oficinas oficiosas que cambiaban a casi el doble del valor real y sin comisión. Estas ultimas oficinas la llevaban los curas porque al Vaticano, le gusta más tener un dólar que muchos cruzeiros. Lo más curioso es que en la prensa local, se anunciaban los dos cambios de divisas, colocando en dos columnas vecinas el cambio oficial y el cambio negro regentado por los sacerdotes de la iglesia católica que, así, se hacen ricos en moneda fuerte cambiando de forma ilegal el dinero sacado a los más pobres.

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