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Pedían
dinero para arreglar la catedral o no sé qué otro
centro de lavado de cerebro del mismo tipo. Al borde de la ilegalidad,
recibiendo dinero sin dar ningún recibo, estos mendigos encorbatados
de los tiempos modernos, prostituyéndose sin saberlo para un
proxeneta en sotana, iban de casa en casa pidiendo sin miedo
y sin vergüenza ninguna ayuda financiera para salvar lo que
nombraban patrimonio de la humanidad. Parece increíble que,
aprovechando vergonzosamente la credulidad y la debilidad de
personas al cerebro lavado durante generaciones, estos curas
consiguen todavía que la gente les dé dinero para mantener unos
edificios comerciales construidos con el dinero de nuestros
antepasados, y más increíble todavía que cuando este dinero
no es suficiente, consigan que el estado, aunque laico, pague
por este supuesto patrimonio nacional. Me gustaría ver mi panadero
pidiendo dinero para pintar su tienda o el Corte Ingles sacando
mil duros a cada cliente para arreglar uno de sus centros comerciales.
Sería la misma cosa pero me puedo imaginar el escándalo que
se levantaría. Cuando pienso que tienen el coraje de pedir dinero
a más pobres que ellos para arreglar el techo o las paredes
de unas iglesias en las cuales hay tesoros, algunos a la vista
(de los cuales la mayor parte es falsa y la otra son copias
porque el oro y la plata original han sido fundidos y vendidos
hace mucho tiempo) y muchos escondidos, por un valor millones
de veces superior a la factura de dicho arreglo, se me pone
el pelo de punta. Me imagino lo que se montaría si cualquier
vecino de San Vicente, en vez de tocar a sus ahorros para arreglar
su casa, instalar una picina o pagar los servicios de un jardinero,
fuera por la calle pidiendo dinero para hacerlo. Le meterían
a la cárcel acusándole de mendicidad, estafa, abuso de confianza
o no sé que más y, a lo mejor, tendrían razón. Lo que me molesta
en esta historia es que la tarifa no es la misma para todo el
mundo y que mis mendigos del domingo no irán a la cárcel y tampoco
nadie se sorprenderá de verles pedir dinero, incluso cuando
el motivo es escandaloso. Uno que me pide para comer obtendrá
de mi algún bocadillo, pero estos estafadores han salido de
mi casa sin nada. Si habían venido pedir para habilitar viviendas
para los que viven en la calle o para comprar comida para los
que se tienen que apretar el cinturón, a lo mejor me sacaban
algo, pero dar dinero para engordar la cuenta bancaria de unos
de los más importantes parásitos de la humanidad me parece una
insensatez. Desde hace casi dos mil años, esta gente vive del
dinero de los más pobres, dado que los ricos, como pueden estudiar,
no tardan mucho a darse cuenta de que les están estafando. Tuve
la suerte de poder viajar bastante, y en mi ultimo estancia
en Brasil, vi de que eran capaces estos rapaces en sotana. Para
viajar, lo más cómodo es de llevar algunos dólares que se cambian
poco a poco. En Río de Janeiro, teníamos dos opciones a la hora
de cambiar este dinero; los bancos que cambiaban al curso oficial,
es decir, una miseria y cobraban una comisión de cambio y algunas
oficinas oficiosas que cambiaban a casi el doble del valor real
y sin comisión. Estas ultimas oficinas la llevaban los curas
porque al Vaticano, le gusta más tener un dólar que muchos cruzeiros.
Lo más curioso es que en la prensa local, se anunciaban los
dos cambios de divisas, colocando en dos columnas vecinas el
cambio oficial y el cambio negro regentado por los sacerdotes
de la iglesia católica que, así, se hacen ricos en moneda fuerte
cambiando de forma ilegal el dinero sacado a los más pobres.
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