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Abrí el libro a las tres de la tarde y lo cerré para reflexionar
sobre su contenido un poco después de las ocho. Lo había leído
de un tirón, sin ver pasar el tiempo y casi sin respirar, como
se debe leer un buen libro. Para mí, un libro, como un buen
puro, se debe consumir de un solo golpe. Todo el mundo está
de acuerdo en que reencender un puro es una herejía y que no
se puede acercar una cerilla a un buen puro sin estar seguro
de tener el tiempo suficiente para poder disfrutar de él hasta
el final. Un puro enfriado ya no tiene el mismo sabor y no puedo
imaginarme fumando una cosa fría, blanda, con olor a tabaco
mojado y sabor a alquitrán. Por otra parte, si un fumador no
es capaz de fumar un puro hasta el final, es que no le gusta
su sabor, que es demasiado fuerte, demasiado soso, demasiado
amargo o demasiado largo para él. No es un puro para él y tiene
que olvidarse de él. Para el libro, es la misma cosa y si uno
no es capaz de leerlo de punta a punta sin levantar la cabeza,
es que este libro no tiene el sabor que le gustaría en este
momento o que es demasiado fuerte, soso, o largo para él. No
es un libro para él y tiene que olvidarse de el. Hablando de
un autor conocido, una amiga me contó un día que tenía una de
sus obras sobre su mesilla de noche, que le gustaba mucho este
libro y que, cada noche, leía dos a tres paginas antes de dormir.
Supuse que no leía estas paginas antes sino para dormir y, cuando
afirmé sin sonreír que era evidentemente más sano que un somnífero,
no entendió la indirecta. Tampoco se trata de marcar la pagina
para seguir más tarde porque, como en el cigarro, el sabor original
a desaparecido y no volverá nunca. Se puede entender que un
misal tenga un cordón rojo como señal y que se deje algunos
papelitos sobresalientes en la guía telefónica para encontrar
fácilmente los números importantes, porque son tonterías sin
importancia. Para un libro, hay que intentar olvidar por completo
lo que se ha leído y empezar otro día desde la primera pagina
para ver si, en otras circunstancias, el lector esta hecho para
el libro. Un café se puede adaptar al gusto de cada uno, se
puede añadir leche o azúcar, un vino se puede beber frío o templado,
caliente incluso, con azúcar y canela, pero un libro, como un
puro, está como está y debemos ser capaces de esperar el día
en que, estando, por fin o por casualidad, hecho a la medida
del libro, podremos disfrutar de él de principio a fin sin parar.
Mi abuelo, que era sabio, miraba mucho las estrellas. Me contaba
que las estrellas son el reflejo de la mirada de todos los que,
en el mismo momento, las están mirando. En algunas noches de
invierno, de estas noches claras y glaciales cuyo frío intenso
hace el cielo más transparente y las estrellas más relumbrantes,
me señalaba la más brillante diciendo que mucha gente la estaba
mirando. Cuanto más somos mirándola, más brilla. Me imaginaba
entonces un montón de cabezas levantadas hacia el cielo y mirando
esta estrella. Imaginaba lo que toda esta gente estaba pensando
y cuanto de ellos pensaban la misma cosa. A lo mejor éramos
solo dos, como podíamos ser dos mil o dos millones de personas
mirando la misma estrella y esta comunión de hecho nos hacia
cómplices de un instante maravilloso. Ahora, cuando, entre dos
capítulos de un libro, me quedo unos instantes soñando despierto,
recuerdo estos momentos pasados y, por los caminos misteriosos
de la mente, intento saber lo que piensan en este mismo momento
los que están leyendo el mismo libro. El lector comparte el
tiempo con el pensamiento del autor, con los personajes del
libro y con todos los que están leyendo. El lector es un ser
solitario pero nunca esta solo.
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