Visita del domingo (III)

Lectura

Paul-Hervé Paquet

Hoy, tuve la suerte de ser visitado por mi escritor favorito bajo la forma de una de sus mejores obras.

 

Abrí el libro a las tres de la tarde y lo cerré para reflexionar sobre su contenido un poco después de las ocho. Lo había leído de un tirón, sin ver pasar el tiempo y casi sin respirar, como se debe leer un buen libro. Para mí, un libro, como un buen puro, se debe consumir de un solo golpe. Todo el mundo está de acuerdo en que reencender un puro es una herejía y que no se puede acercar una cerilla a un buen puro sin estar seguro de tener el tiempo suficiente para poder disfrutar de él hasta el final. Un puro enfriado ya no tiene el mismo sabor y no puedo imaginarme fumando una cosa fría, blanda, con olor a tabaco mojado y sabor a alquitrán. Por otra parte, si un fumador no es capaz de fumar un puro hasta el final, es que no le gusta su sabor, que es demasiado fuerte, demasiado soso, demasiado amargo o demasiado largo para él. No es un puro para él y tiene que olvidarse de él. Para el libro, es la misma cosa y si uno no es capaz de leerlo de punta a punta sin levantar la cabeza, es que este libro no tiene el sabor que le gustaría en este momento o que es demasiado fuerte, soso, o largo para él. No es un libro para él y tiene que olvidarse de el. Hablando de un autor conocido, una amiga me contó un día que tenía una de sus obras sobre su mesilla de noche, que le gustaba mucho este libro y que, cada noche, leía dos a tres paginas antes de dormir. Supuse que no leía estas paginas antes sino para dormir y, cuando afirmé sin sonreír que era evidentemente más sano que un somnífero, no entendió la indirecta. Tampoco se trata de marcar la pagina para seguir más tarde porque, como en el cigarro, el sabor original a desaparecido y no volverá nunca. Se puede entender que un misal tenga un cordón rojo como señal y que se deje algunos papelitos sobresalientes en la guía telefónica para encontrar fácilmente los números importantes, porque son tonterías sin importancia. Para un libro, hay que intentar olvidar por completo lo que se ha leído y empezar otro día desde la primera pagina para ver si, en otras circunstancias, el lector esta hecho para el libro. Un café se puede adaptar al gusto de cada uno, se puede añadir leche o azúcar, un vino se puede beber frío o templado, caliente incluso, con azúcar y canela, pero un libro, como un puro, está como está y debemos ser capaces de esperar el día en que, estando, por fin o por casualidad, hecho a la medida del libro, podremos disfrutar de él de principio a fin sin parar. Mi abuelo, que era sabio, miraba mucho las estrellas. Me contaba que las estrellas son el reflejo de la mirada de todos los que, en el mismo momento, las están mirando. En algunas noches de invierno, de estas noches claras y glaciales cuyo frío intenso hace el cielo más transparente y las estrellas más relumbrantes, me señalaba la más brillante diciendo que mucha gente la estaba mirando. Cuanto más somos mirándola, más brilla. Me imaginaba entonces un montón de cabezas levantadas hacia el cielo y mirando esta estrella. Imaginaba lo que toda esta gente estaba pensando y cuanto de ellos pensaban la misma cosa. A lo mejor éramos solo dos, como podíamos ser dos mil o dos millones de personas mirando la misma estrella y esta comunión de hecho nos hacia cómplices de un instante maravilloso. Ahora, cuando, entre dos capítulos de un libro, me quedo unos instantes soñando despierto, recuerdo estos momentos pasados y, por los caminos misteriosos de la mente, intento saber lo que piensan en este mismo momento los que están leyendo el mismo libro. El lector comparte el tiempo con el pensamiento del autor, con los personajes del libro y con todos los que están leyendo. El lector es un ser solitario pero nunca esta solo.

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