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No
tenía ningna necesidad de afilar mos cuchillos pero como
me contó que tenía cinco hijos y una mujer hospitalizada, me
dejé persuadir y le entregué algunas herramientas de jardín
y una navaja muy vieja pero por la que tengo mucho cariño. Después
de haber soportado estoicamente los estampidos y el humo de
su motor durante media hora, recuperé mis pertenencias, pagué
lo que me pedí y, después de haberlo observado mientras se iba,
aspirando y soplando en su armónica, entré en mi casa para ver
como cortaba mi navaja. ¡Vaya sorpresa! Mi querido cuchillo,
a pesar de sus años, no había tenido que soportar nunca tal
martirio. Afilada demasiado deprisa con una piedra demasiada
rápida y sin agua para enfriar el metal, mi navaja tenía las
horrorosas cicatrices de un cuchillo desde ahorra inútil. Con
un filo abrasivo aureolado de azul, mi pobre cuchillo había
perdido su temple y daba lastima. Desde ahorra, cualquier fruta
o trozo de carne será demasiado duro para él. Cuando examiné
las herramientas de jardín, mismo resultado. El pico parecía
una maza, el escardillo había perdido su filo, la guadaña parecía
un serrucho y la azada tenía tantos dientes que parecía un rastrillo.
La laya, como mi navaja, tiene ahorra el borde azul y tan destemplado
que cada piedra encontrada en el terreno la desafilará. Esto
me va bien y me enseñara a no confiar en el primero que se presenta
con un cameleo demasiado bien montado. Tenía que haber mirado
un poco su equipaje antes de confiarle el trabajo. Seguro que
me habría dado cuenta de que la piedra tenía un grano muy gordo
para hacer un trabajo fino, de que no disponía del deposito
de agua indispensable para enfriar las hojas y de que la polea
que entrenaba la piedra era demasiado grande y le daría una
velocidad excesiva. A lo mejor tenía que haber controlado también
como trabajaba la lavandera que dejo una mancha sobre mi traje,
el panadero que me vendió una barra medio cruda, el carnicero
cuya carne descongelada sabía a pescado y vomitaba agua en la
sartén y mi agente de seguros que no me dijo de fijarme en las
letras pequeñas del dorso de su contrato, pero si uno debe controlar
todo antes de confiar en los demás, la vida se cambia en infierno.
Soy demasiado confiado y como me gusta hacer bien lo que hago,
pienso que todo el mundo es igual y que nunca se presentará
a mi casa un afilador que no sepa afilar. Me acuerdo del afilador
que pasaba cada tres o cuatro meses por el taller de mi abuelo.
Como todos los carpinteros, mi abuelo era capaz de afilar perfectamente
todas sus herramientas pero confiaba a este hombre el trabajo,
no pesado, pero que necesitaba demasiado de un tiempo que no
le sobraba. Este hombre se instalaba a la sombra con su material
y, pasando y repasando las hojas sobre una piedra lenta movida
por un pedal, no contaba las horas y entregaba unas herramientas
afiladas y brillantes que, como decía mi abuelo, cortaban con
solo mirarlas. Se merecía su salario como el que vestía las
sillas de paja, el que deshollinaba las chimeneas y este otro
que pasaba cada año para renovar los colchones de lana. Cada
uno de ellos tenía gusto por el trabajo bien hecho, cosa que
parece haber desaparecido. Mis propios antepasados eran vendedores
ambulantes y emprendían la temporada de comercio cuando se terminaba
el trabajo del campo. Con esta técnica, además de poder empezar
el año con un poco de dinero fresco para comprar semillas nuevas
o una pareja de cerdos, dejando las mujeres solas con los niños
y los mayores, se ahorraba durante todo el invierno la comida
de uno, que no es poco cuando se vive del trabajo de la tierra.
La particularidad de este tipo de comercio era que el cliente
no pagaba casi nunca al contado lo que compraba. La mercancía
se pagaba el año siguiente cuando volvía el vendedor y a cada
uno de sus pasajes, se pagaba lo que había vendido el año anterior.
El vendedor tampoco pagaba su mercancía al mayorista al momento
de llevársela, sino al final de la temporada, cuando, en primavera,
volvía al pueblo con el dinero de sus ventas del año anterior.
Con esta técnica de venta, no había estafa posible y cada uno
tenía su tiempo para comprobar que lo que había comprado respondía
a lo que había anunciado el vendedor, además de permitir a uno
de saber cuanto dinero tendría el año siguiente y al otro de
saber cuanto tendría que ahorrar. Estos tiempos ya han desaparecido
y es una lastima porque si teníamos la posibilidad de controlar
antes de pagarlo todo lo que compramos, un montón de vendedores
tendrían que cambiar de oficio y mi afilador, lleno de vergüenza
por el trabajo que me hizo, no se atrevería a pedirme lo que,
en conciencia, pienso no deberle.
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