Visita del domingo (II)

El afilador

Paul-Hervé Paquet

Esta mañana, precedido por el sonido discordante de su armónica desafinado, el afilador se presentó a mi puerta. Al contrario de sus predecesores, éste iba motorizado y mecanizado. Su piedra de afilar, instalada en la parte trasera de su ciclomotor, era entrenada por una correa que movía una polea fijada sobre el eje de la rueda trasera.

 

No tenía ningna necesidad de afilar mos cuchillos pero como me contó que tenía cinco hijos y una mujer hospitalizada, me dejé persuadir y le entregué algunas herramientas de jardín y una navaja muy vieja pero por la que tengo mucho cariño. Después de haber soportado estoicamente los estampidos y el humo de su motor durante media hora, recuperé mis pertenencias, pagué lo que me pedí y, después de haberlo observado mientras se iba, aspirando y soplando en su armónica, entré en mi casa para ver como cortaba mi navaja. ¡Vaya sorpresa! Mi querido cuchillo, a pesar de sus años, no había tenido que soportar nunca tal martirio. Afilada demasiado deprisa con una piedra demasiada rápida y sin agua para enfriar el metal, mi navaja tenía las horrorosas cicatrices de un cuchillo desde ahorra inútil. Con un filo abrasivo aureolado de azul, mi pobre cuchillo había perdido su temple y daba lastima. Desde ahorra, cualquier fruta o trozo de carne será demasiado duro para él. Cuando examiné las herramientas de jardín, mismo resultado. El pico parecía una maza, el escardillo había perdido su filo, la guadaña parecía un serrucho y la azada tenía tantos dientes que parecía un rastrillo. La laya, como mi navaja, tiene ahorra el borde azul y tan destemplado que cada piedra encontrada en el terreno la desafilará. Esto me va bien y me enseñara a no confiar en el primero que se presenta con un cameleo demasiado bien montado. Tenía que haber mirado un poco su equipaje antes de confiarle el trabajo. Seguro que me habría dado cuenta de que la piedra tenía un grano muy gordo para hacer un trabajo fino, de que no disponía del deposito de agua indispensable para enfriar las hojas y de que la polea que entrenaba la piedra era demasiado grande y le daría una velocidad excesiva. A lo mejor tenía que haber controlado también como trabajaba la lavandera que dejo una mancha sobre mi traje, el panadero que me vendió una barra medio cruda, el carnicero cuya carne descongelada sabía a pescado y vomitaba agua en la sartén y mi agente de seguros que no me dijo de fijarme en las letras pequeñas del dorso de su contrato, pero si uno debe controlar todo antes de confiar en los demás, la vida se cambia en infierno. Soy demasiado confiado y como me gusta hacer bien lo que hago, pienso que todo el mundo es igual y que nunca se presentará a mi casa un afilador que no sepa afilar. Me acuerdo del afilador que pasaba cada tres o cuatro meses por el taller de mi abuelo. Como todos los carpinteros, mi abuelo era capaz de afilar perfectamente todas sus herramientas pero confiaba a este hombre el trabajo, no pesado, pero que necesitaba demasiado de un tiempo que no le sobraba. Este hombre se instalaba a la sombra con su material y, pasando y repasando las hojas sobre una piedra lenta movida por un pedal, no contaba las horas y entregaba unas herramientas afiladas y brillantes que, como decía mi abuelo, cortaban con solo mirarlas. Se merecía su salario como el que vestía las sillas de paja, el que deshollinaba las chimeneas y este otro que pasaba cada año para renovar los colchones de lana. Cada uno de ellos tenía gusto por el trabajo bien hecho, cosa que parece haber desaparecido. Mis propios antepasados eran vendedores ambulantes y emprendían la temporada de comercio cuando se terminaba el trabajo del campo. Con esta técnica, además de poder empezar el año con un poco de dinero fresco para comprar semillas nuevas o una pareja de cerdos, dejando las mujeres solas con los niños y los mayores, se ahorraba durante todo el invierno la comida de uno, que no es poco cuando se vive del trabajo de la tierra. La particularidad de este tipo de comercio era que el cliente no pagaba casi nunca al contado lo que compraba. La mercancía se pagaba el año siguiente cuando volvía el vendedor y a cada uno de sus pasajes, se pagaba lo que había vendido el año anterior. El vendedor tampoco pagaba su mercancía al mayorista al momento de llevársela, sino al final de la temporada, cuando, en primavera, volvía al pueblo con el dinero de sus ventas del año anterior. Con esta técnica de venta, no había estafa posible y cada uno tenía su tiempo para comprobar que lo que había comprado respondía a lo que había anunciado el vendedor, además de permitir a uno de saber cuanto dinero tendría el año siguiente y al otro de saber cuanto tendría que ahorrar. Estos tiempos ya han desaparecido y es una lastima porque si teníamos la posibilidad de controlar antes de pagarlo todo lo que compramos, un montón de vendedores tendrían que cambiar de oficio y mi afilador, lleno de vergüenza por el trabajo que me hizo, no se atrevería a pedirme lo que, en conciencia, pienso no deberle.

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