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Una
de las nuevas modas, cuyo único propósito, en la mayoría de
los casos, esta en distraer a la gente de los problemas verdaderamente
importantes, es de colocar en el calendario una retahíla de
"días de algo"
Antes,
conocíamos el día de la madre, el del padre, el de los enamorados,
y punto. Hoy, anunciados con tambores y trompetas, llegan los
días del cáncer, de la mujer trabajadora, de la cruz roja, de
la lepra, del libro, de no fumar, de la leucemia y si no tenemos
todavía el día de las ladillas o del sarampión, es que nadie
ha encontrado el sistema para hacer dinero con ellos. Se ha
hablado hace unas semanas, con poco revuelo hay que reconocerlo
y seguramente porque el tema no mueve dinero en abundancia,
del día del niño explotado, del niño maltratado, del niño sin
futuro y sin esperanza, del niño que sabe de antemano que cuando
llegara a la verdadera edad de trabajar, ya no habrá trabajo
para él por la sencilla razón que se le ocurrirá pensar que
su trabajo vale más dinero y se atreverá a pedirlo, lo que le
supondrá la jubilación anticipada sin subsidio ninguno a los
veinte años. Este día se ha creado para que la gran mayoría
piense en estos niños mientras una ínfima minoría hace algo
para ellos y, de cualquiera manera que le llamemos, este día
será el único día del año en que pensemos en ellos si somos
de dicha mayoría pasiva o haremos algo si pertenecemos a la
minoría activa. Mucha gente desearía hacer algo pero es difícil.
Le gustaría incluso adoptar algunos de estos niños pero la suma
de trabas que se les pone en el camino hace que muchos de ellos
abandonan la carrera antes del final. - Como vamos a confiarle
en adopción un niño de la selva si Uds. no tiene el ultimo modelo
de mercedes, ni casa de campo con piscina, ni mayordomo, ni
piano en el salón. Por lo que se refiere a estos niños explotados,
se dice que hay millones de ellos en el tercer mundo y yo, pobre
inocente, pensaba que estas cosas pasaban solo en estos lejanos
países. Al parecer estaba equivocado. Este ultimo domingo, como
miles de hogares tranquilos que viven muy bien sin ello, recibí
la visita de la ya tradicional y molesta pareja del domingo.
Con traje gris-azul-negro, corbata a juego y maleta repleta
de Biblias refundidas y adaptadas a sus necesidades comerciales
(no hay que olvidar que el gurú de esta secta es el P.D.G. de
una importante multinacional de la edición y que su misión primordial
consiste en vender libros y más libros), las parejas de testigos
de Jehová se usan los dedos sobre los botones de nuestros timbres
desconectados al lado de un portal voluntariamente cerrado para
evitar los parásitos. Pero este día, ante los ladrillos insistentes
de mi perro, eche una mirada por la ventana y, por una vez,
me decidí a ir hasta la puerta escuchar sus cuentos. Lo que
me había decidido era la diferencia entre esta pareja y las
que habían venido antes. En vez de la clásica pareja pseudo-comercial
debidamente encorbatada y etiquetada, había a mi puerta una
mujer bastante decentemente vestida de un conjunto color crema
realzado de un pañuelo de seda y un niño de unos diez años trajeado
de gris, con una forma de andar un poco rara, como pisando huevos,
que llamaba la atención y que, por el color escarlata de su
cara, parecía estrangulado por su corbata azul marino. Abrí
la puerta y hice el interesado para hacerla hablar. Una vez
en confianza, la mujer contestó a todas mis preguntas sobre
su secta y su misión y a algunas, menos inocentes que, por prudencia,
escondía en el flujo de las otras. A mi pregunta sobre por qué
llevaba el niño con ella, reconoció que su presencia le ayudaba
mucho a poner la gente en confianza y que, de ver este niño
rojo de calor y de sed cojeando bajo el sol incitaba los habitantes
de los pueblos que visitaban a abrir unas puertas que normalmente
quedaban cerradas. Como le pregunté lo que le pasaba al niño,
me confió, sin duda sin querer, uno de sus trucos comerciales.
- Es que el pequeño es muy amable, demaciado gracioso y siempre
sonríe a la gente. Calzándolo un poco pequeño, como le duele
los pies, pone una cara más seria. Me explicó. Cuando le ofrecí
un poco de agua para el niño, casi se enfadó. No conmigo sino
con el pequeño, prometiéndole que podría beber después de haber
terminado su trabajo, es decir, después de haber visitado todas
las casas de la zona, unas horas más tarde. Parecía evidente
que no querría perder la ventaja de ser acompañada de un niño
que incitaba a la compasión por su evidente sufrimiento. Bajando
la voz, le explicó que tenía que sufrir un poco por la gloria
del Señor (dicho Señor será seguramente el famoso P.D.G. y su
"gloria" se acumulará en alguna cuenta secreta de Suiza) y que
su sacrificio permitía de llamar la atención de gentes que necesitaban
su ayuda para salvar su alma. Me pareció que este niño, en este
momento, tenía otras preocupaciones que la salvación de mi alma
y que estaba dispuesto a cambiar su entrada al paraíso por un
vaso de agua bien fresca. Como insistía en invitarles a beber
algo, la mujer levantó la voz otra vez, pero para mí, diciéndome
que no tenía ningún derecho a decirle como debía tratar a su
hijo y que si no estaba interesado por su mensaje de paz, se
lo llevaría a otros mas inteligentes y preocupados por el futuro
de su espíritu. Cuando la amenacé de llamar a la policía, me
contesto que perdería mi tiempo, que no sería el primero ni
el ultimo que la policía mandaría a pasear diciendo que "esta
mujer no hace nada malo andando por las calles con su hijo",
y se fue. A lo mejor tengo demasiado sensibilidad y es normal
utilizar un niño medio muerto de sed y voluntariamente torturado
por unos zapatos demasiado pequeños para vender un producto,
aprovechando para este propósito la compasión y la caridad de
unos clientes momentáneamente debilitados. Ahora que la compasión
a dado el paso a la cólera, creo que no he sido un hombre de
verdad. Tenía que haber dado una buena bofetada a esta sanguijuela,
negrera del siglo XX, haber cogido el niño por la mano, haberlo
llevado a la sombra y haberle dado un gran vaso de agua sin
pensar a las consecuencias. A lo mejor, me llevaban después
a la comisaría, pero, por lo menos me habrían escuchado y el
niño habría bebido.
-
La próxima vez...... Me duele pensar que pueda haber una próxima
vez, pero la habrá.
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