Visita del domingo (I)

La víctima

Paul-Hervé Paquet

Una de las nuevas modas, cuyo único propósito, en la mayoría de los casos, esta en distraer a la gente de los problemas verdaderamente importantes, es de colocar en el calendario una retahíla de "días de algo"

Antes, conocíamos el día de la madre, el del padre, el de los enamorados, y punto. Hoy, anunciados con tambores y trompetas, llegan los días del cáncer, de la mujer trabajadora, de la cruz roja, de la lepra, del libro, de no fumar, de la leucemia y si no tenemos todavía el día de las ladillas o del sarampión, es que nadie ha encontrado el sistema para hacer dinero con ellos. Se ha hablado hace unas semanas, con poco revuelo hay que reconocerlo y seguramente porque el tema no mueve dinero en abundancia, del día del niño explotado, del niño maltratado, del niño sin futuro y sin esperanza, del niño que sabe de antemano que cuando llegara a la verdadera edad de trabajar, ya no habrá trabajo para él por la sencilla razón que se le ocurrirá pensar que su trabajo vale más dinero y se atreverá a pedirlo, lo que le supondrá la jubilación anticipada sin subsidio ninguno a los veinte años. Este día se ha creado para que la gran mayoría piense en estos niños mientras una ínfima minoría hace algo para ellos y, de cualquiera manera que le llamemos, este día será el único día del año en que pensemos en ellos si somos de dicha mayoría pasiva o haremos algo si pertenecemos a la minoría activa. Mucha gente desearía hacer algo pero es difícil. Le gustaría incluso adoptar algunos de estos niños pero la suma de trabas que se les pone en el camino hace que muchos de ellos abandonan la carrera antes del final. - Como vamos a confiarle en adopción un niño de la selva si Uds. no tiene el ultimo modelo de mercedes, ni casa de campo con piscina, ni mayordomo, ni piano en el salón. Por lo que se refiere a estos niños explotados, se dice que hay millones de ellos en el tercer mundo y yo, pobre inocente, pensaba que estas cosas pasaban solo en estos lejanos países. Al parecer estaba equivocado. Este ultimo domingo, como miles de hogares tranquilos que viven muy bien sin ello, recibí la visita de la ya tradicional y molesta pareja del domingo. Con traje gris-azul-negro, corbata a juego y maleta repleta de Biblias refundidas y adaptadas a sus necesidades comerciales (no hay que olvidar que el gurú de esta secta es el P.D.G. de una importante multinacional de la edición y que su misión primordial consiste en vender libros y más libros), las parejas de testigos de Jehová se usan los dedos sobre los botones de nuestros timbres desconectados al lado de un portal voluntariamente cerrado para evitar los parásitos. Pero este día, ante los ladrillos insistentes de mi perro, eche una mirada por la ventana y, por una vez, me decidí a ir hasta la puerta escuchar sus cuentos. Lo que me había decidido era la diferencia entre esta pareja y las que habían venido antes. En vez de la clásica pareja pseudo-comercial debidamente encorbatada y etiquetada, había a mi puerta una mujer bastante decentemente vestida de un conjunto color crema realzado de un pañuelo de seda y un niño de unos diez años trajeado de gris, con una forma de andar un poco rara, como pisando huevos, que llamaba la atención y que, por el color escarlata de su cara, parecía estrangulado por su corbata azul marino. Abrí la puerta y hice el interesado para hacerla hablar. Una vez en confianza, la mujer contestó a todas mis preguntas sobre su secta y su misión y a algunas, menos inocentes que, por prudencia, escondía en el flujo de las otras. A mi pregunta sobre por qué llevaba el niño con ella, reconoció que su presencia le ayudaba mucho a poner la gente en confianza y que, de ver este niño rojo de calor y de sed cojeando bajo el sol incitaba los habitantes de los pueblos que visitaban a abrir unas puertas que normalmente quedaban cerradas. Como le pregunté lo que le pasaba al niño, me confió, sin duda sin querer, uno de sus trucos comerciales. - Es que el pequeño es muy amable, demaciado gracioso y siempre sonríe a la gente. Calzándolo un poco pequeño, como le duele los pies, pone una cara más seria. Me explicó. Cuando le ofrecí un poco de agua para el niño, casi se enfadó. No conmigo sino con el pequeño, prometiéndole que podría beber después de haber terminado su trabajo, es decir, después de haber visitado todas las casas de la zona, unas horas más tarde. Parecía evidente que no querría perder la ventaja de ser acompañada de un niño que incitaba a la compasión por su evidente sufrimiento. Bajando la voz, le explicó que tenía que sufrir un poco por la gloria del Señor (dicho Señor será seguramente el famoso P.D.G. y su "gloria" se acumulará en alguna cuenta secreta de Suiza) y que su sacrificio permitía de llamar la atención de gentes que necesitaban su ayuda para salvar su alma. Me pareció que este niño, en este momento, tenía otras preocupaciones que la salvación de mi alma y que estaba dispuesto a cambiar su entrada al paraíso por un vaso de agua bien fresca. Como insistía en invitarles a beber algo, la mujer levantó la voz otra vez, pero para mí, diciéndome que no tenía ningún derecho a decirle como debía tratar a su hijo y que si no estaba interesado por su mensaje de paz, se lo llevaría a otros mas inteligentes y preocupados por el futuro de su espíritu. Cuando la amenacé de llamar a la policía, me contesto que perdería mi tiempo, que no sería el primero ni el ultimo que la policía mandaría a pasear diciendo que "esta mujer no hace nada malo andando por las calles con su hijo", y se fue. A lo mejor tengo demasiado sensibilidad y es normal utilizar un niño medio muerto de sed y voluntariamente torturado por unos zapatos demasiado pequeños para vender un producto, aprovechando para este propósito la compasión y la caridad de unos clientes momentáneamente debilitados. Ahora que la compasión a dado el paso a la cólera, creo que no he sido un hombre de verdad. Tenía que haber dado una buena bofetada a esta sanguijuela, negrera del siglo XX, haber cogido el niño por la mano, haberlo llevado a la sombra y haberle dado un gran vaso de agua sin pensar a las consecuencias. A lo mejor, me llevaban después a la comisaría, pero, por lo menos me habrían escuchado y el niño habría bebido.

- La próxima vez...... Me duele pensar que pueda haber una próxima vez, pero la habrá.

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