Nostalgia

Paul-Hervé Paquet

Hace unos días, hundido en el sofá, viendo la televisión sin mirarla y oyéndola sin escucharla, me preguntaba porque me quedaba así, repantingado en este sofá como un cerdo en su jergón, estatua inerte e imbécil tumbada frente a esta tonta caja de colores en movimiento.

 

Es curioso como las palabras corrientes informan sobre la importancia que damos a las cosas de nuestra vida. Así, si se "mira" un cuadro, solo se "ve" la televisión, y si se "escucha" una buena música, solo se "oye" la televisión. A pesar de esto, este artilugio al cual las palabras parecen rezar importancia crea en las familias actuales unas barreras infranqueables. A él, no se le puede hablar, y aunque se le hable, no oye, cuando esta viendo el fútbol. Ella no se entera de nada mientras está llorando su culebrón. El abuelo, intoxicado por esta sobre dosis de imágenes y sonidos, en vez de irse a la cama, cuida su esclerosis durmiéndose la película en el sofá. Los niños, sentados en el suelo con las piernas cruzadas y a un metro de la pantalla para cuidarse la vista, hipnotizados por los estallidos sonoros, luminosos y sin ningún sentido de los dibujos japoneses, están a mil leguas de la familia. Esto es el contacto familiar de siglo XX, cada uno aislado frente a su pantalla. ¡Que lejos están las tranquilas y enriquecedoras veladas de antaño! Llevamos, algunos, una vida loca, otros, una vida de locos, y cuando, después de un día alborotador, me dejo caer en el sofá, me pasan por la cabeza recuerdos de un tiempo en que cada uno tenía el tiempo de tomarse el tiempo. Estas veladas más o menos largas según la temporada, se intercambiaban como las visitas, pasando de una casa a otra según un orden misterioso. En este pequeño pueblo de alta montaña habitado por seis o siete familias, los inviernos eran largos, y algunos, más precoces que otros, se hacían muy largos. Una vez llegada la nieve, sabíamos que íbamos a estar totalmente aislados durante meses pero no era un problema. Con la nieve había llegado la temporada del descanso que, lógicamente, coincidía con el descanso de la naturaleza y cada uno tenía, por lo menos hasta la primavera, todo el tiempo del mundo para vivir. Como las noches son largas y frías en invierno, todos se reunían en la misma casa después de cenar, para compartir unas horas agradables con sus familiares y vecinos, intercambiar las noticias del día y, sobre todo, ahorrar leña, tan difícil de recoger, transportar y cortar, calentando solo una casa. Cada uno traía un tronco para la chimenea o la estufa, algo de comer y una ocupación para las manos; el trabajo de velada. Las mujeres llevaban en una cesta alguna ropa para remendar o alguna obra de punto o de bordado, tomando la precaución de llevar siempre su trabajo más bonito o más complicado para poder presumir de ingenio y de maña. Los hombres llevaban un pomo de bastón para terminar, un zueco a decorar, alguna raíz de brezo para tallar una cazoleta de pipa o un taco de madera de fresno para hacer dientes de rastrillo. La herramienta era la misma para todos ellos y, cuando, al terminar el jaleo de las primeras conversaciones, las voces bajaban de tono, cada uno sacaba su navaja del bolsillo y, después de haberla limpiado de una doble pasada sobre el pantalón, empezaba su trabajo. Y el tiempo pasaba, tranquilo, despacio, como para no molestar, como para no entremeterse en los cuchicheos de las mujeres, como para no distraer la atención de los hombres. Pero lo más importante de estas veladas era lo que cada uno llevaba escondido en su memoria, una multitud de historias para contar. Historias verdaderas o inventadas, oídas en otras veladas o recogidas al azar de los caminos. Historias de países desconocidos o de tiempos pasados, cada vez nuevas a pesar de haber sido contadas mil veces. Al rato, emanando del silencio, surgía una voz que empezaba a contar. Durante unos segundos cesaba el tintineo de las agujas y el carraspeo de las navajas sobre la madera y se oía sólo la voz. Después de este corto tiempo de armisticio podían pasar tres cosas. La primera, que alguno, con un encogimiento de hombros, recordara al contador que todo el mundo conocía esta historia y volviera el silencio; la segunda, que siguiera el silencio y el cuento; y la última que la historia no fuera para nuestros jóvenes oídos y nos manden a dormir. Pero todos esperaban y deseaban la segunda, que una de las mujeres, con una mirada al techo y un asentimiento de la cabeza, certifique la veracidad o la tristeza de la historia, y que siguiera el cuento. Y nosotros, los niños, sentados sobre los últimos peldaños de la vieja escalera de madera o en el umbral de la chimenea, escuchábamos estas maravillosas historias sin movernos, sin hablar y escondiendo nuestros bostezos detrás de la mano por miedo a que nos manden a la cama. Según la historia que se contaba, quien la contaba y como la contaba, escuchábamos con placer, admiración, interés o temor. Recuerdo todavía algunas de estas historias que, terroríficas, nos hacían correr por la espalda unos deliciosos escalofríos de terror y otras, más tristes, que hacían sacar los pañuelos a las niñas. Nosotros, los chicos, los hombres, no llevábamos pañuelo y nos apañábamos con las mangas de nuestras camisas. No nos gustaban demasiado las historias graciosas porque nuestras carcajadas en respuesta a un cuento divertido llamaban la atención sobre nuestra presencia y, cada vez, al final de la primera historia, nos mandaban a la cama. Nos gustaban más las historias tristes porque se puede llorar en silencio. Es a lo largo de estas veladas que, además de escuchar muchas historias más o menos fantásticas, divertidas, increíbles, tristes, maravillosas o dolorosas, aprendí la historia de mi pueblo. Es por estos contadores que descubrí la historia de mi familia, y si puedo contar ahora casi toda la vida de mis antepasados, lo debo a estas reuniones en las que mi abuela, a pesar de ser ya muy mayor, descubría todavía de la boca de una prima, de un tío o de una vecina, cosas nuevas sobre los suyos. Contra esto, la televisión no tenía que haber podido luchar. ... Y menos, ganar..

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