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Es
curioso como las palabras corrientes informan sobre la importancia
que damos a las cosas de nuestra vida. Así, si se "mira" un
cuadro, solo se "ve" la televisión, y si se "escucha" una buena
música, solo se "oye" la televisión. A pesar de esto, este artilugio
al cual las palabras parecen rezar importancia crea en las familias
actuales unas barreras infranqueables. A él, no se le puede
hablar, y aunque se le hable, no oye, cuando esta viendo el
fútbol. Ella no se entera de nada mientras está llorando su
culebrón. El abuelo, intoxicado por esta sobre dosis de imágenes
y sonidos, en vez de irse a la cama, cuida su esclerosis durmiéndose
la película en el sofá. Los niños, sentados en el suelo con
las piernas cruzadas y a un metro de la pantalla para cuidarse
la vista, hipnotizados por los estallidos sonoros, luminosos
y sin ningún sentido de los dibujos japoneses, están a mil leguas
de la familia. Esto es el contacto familiar de siglo XX, cada
uno aislado frente a su pantalla. ¡Que lejos están las tranquilas
y enriquecedoras veladas de antaño! Llevamos, algunos, una vida
loca, otros, una vida de locos, y cuando, después de un día
alborotador, me dejo caer en el sofá, me pasan por la cabeza
recuerdos de un tiempo en que cada uno tenía el tiempo de tomarse
el tiempo. Estas veladas más o menos largas según la temporada,
se intercambiaban como las visitas, pasando de una casa a otra
según un orden misterioso. En este pequeño pueblo de alta montaña
habitado por seis o siete familias, los inviernos eran largos,
y algunos, más precoces que otros, se hacían muy largos. Una
vez llegada la nieve, sabíamos que íbamos a estar totalmente
aislados durante meses pero no era un problema. Con la nieve
había llegado la temporada del descanso que, lógicamente, coincidía
con el descanso de la naturaleza y cada uno tenía, por lo menos
hasta la primavera, todo el tiempo del mundo para vivir. Como
las noches son largas y frías en invierno, todos se reunían
en la misma casa después de cenar, para compartir unas horas
agradables con sus familiares y vecinos, intercambiar las noticias
del día y, sobre todo, ahorrar leña, tan difícil de recoger,
transportar y cortar, calentando solo una casa. Cada uno traía
un tronco para la chimenea o la estufa, algo de comer y una
ocupación para las manos; el trabajo de velada. Las mujeres
llevaban en una cesta alguna ropa para remendar o alguna obra
de punto o de bordado, tomando la precaución de llevar siempre
su trabajo más bonito o más complicado para poder presumir de
ingenio y de maña. Los hombres llevaban un pomo de bastón para
terminar, un zueco a decorar, alguna raíz de brezo para tallar
una cazoleta de pipa o un taco de madera de fresno para hacer
dientes de rastrillo. La herramienta era la misma para todos
ellos y, cuando, al terminar el jaleo de las primeras conversaciones,
las voces bajaban de tono, cada uno sacaba su navaja del bolsillo
y, después de haberla limpiado de una doble pasada sobre el
pantalón, empezaba su trabajo. Y el tiempo pasaba, tranquilo,
despacio, como para no molestar, como para no entremeterse en
los cuchicheos de las mujeres, como para no distraer la atención
de los hombres. Pero lo más importante de estas veladas era
lo que cada uno llevaba escondido en su memoria, una multitud
de historias para contar. Historias verdaderas o inventadas,
oídas en otras veladas o recogidas al azar de los caminos. Historias
de países desconocidos o de tiempos pasados, cada vez nuevas
a pesar de haber sido contadas mil veces. Al rato, emanando
del silencio, surgía una voz que empezaba a contar. Durante
unos segundos cesaba el tintineo de las agujas y el carraspeo
de las navajas sobre la madera y se oía sólo la voz. Después
de este corto tiempo de armisticio podían pasar tres cosas.
La primera, que alguno, con un encogimiento de hombros, recordara
al contador que todo el mundo conocía esta historia y volviera
el silencio; la segunda, que siguiera el silencio y el cuento;
y la última que la historia no fuera para nuestros jóvenes oídos
y nos manden a dormir. Pero todos esperaban y deseaban la segunda,
que una de las mujeres, con una mirada al techo y un asentimiento
de la cabeza, certifique la veracidad o la tristeza de la historia,
y que siguiera el cuento. Y nosotros, los niños, sentados sobre
los últimos peldaños de la vieja escalera de madera o en el
umbral de la chimenea, escuchábamos estas maravillosas historias
sin movernos, sin hablar y escondiendo nuestros bostezos detrás
de la mano por miedo a que nos manden a la cama. Según la historia
que se contaba, quien la contaba y como la contaba, escuchábamos
con placer, admiración, interés o temor. Recuerdo todavía algunas
de estas historias que, terroríficas, nos hacían correr por
la espalda unos deliciosos escalofríos de terror y otras, más
tristes, que hacían sacar los pañuelos a las niñas. Nosotros,
los chicos, los hombres, no llevábamos pañuelo y nos apañábamos
con las mangas de nuestras camisas. No nos gustaban demasiado
las historias graciosas porque nuestras carcajadas en respuesta
a un cuento divertido llamaban la atención sobre nuestra presencia
y, cada vez, al final de la primera historia, nos mandaban a
la cama. Nos gustaban más las historias tristes porque se puede
llorar en silencio. Es a lo largo de estas veladas que, además
de escuchar muchas historias más o menos fantásticas, divertidas,
increíbles, tristes, maravillosas o dolorosas, aprendí la historia
de mi pueblo. Es por estos contadores que descubrí la historia
de mi familia, y si puedo contar ahora casi toda la vida de
mis antepasados, lo debo a estas reuniones en las que mi abuela,
a pesar de ser ya muy mayor, descubría todavía de la boca de
una prima, de un tío o de una vecina, cosas nuevas sobre los
suyos. Contra esto, la televisión no tenía que haber podido
luchar. ... Y menos, ganar..
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