El traficante

Paul-Hervé Paquet

Como muchos españoles, he sido fumador habitual, impenitente y enganchado.

 

Me gustaba el tabaco natural, negro, fuerte, el tabaco sin sabor a miel o a canela, el tabaco para hombre como dice mucha gente sin saber que, con este dicho, están tocando la verdad. El tabaco rubio no es otra cosa que un invento comercial destinado a suavizar el sabor del tabaco para incitar a las mujeres a fumar, abriendo así el camino a una clientela nueva. Me encantaba el primer cigarrillo de la mañana; éste quete saca de los pulmones unos conciertos de tos dantescos. Me gustaba el pitillo de después de comer, el de después del café, el de después del otro, y del siguiente, y de todos los demás. Hasta me gustaba el último del día, que es siempre el que sobra, el que te hace notar que, un día más, te has pasado con el tabaco. Cada uno de ellos me recordaba que fumar es una tontería, que, además de arruinar mi salud, ayudaba a los que viven de la venta del tabaco a hacerse cada día más ricos y más indiferentes a las consecuencias de este vicio. Hace unos tres años, buscando motivaciones para dejar de fumar, intenté recordar mi primer cigarrillo, saber cuando, como y porqué había empezado con esta tonta costumbre. Y al recordar, me di cuenta de que había sido una víctima más de un vil traficante. Es costumbre, entre los traficantes de todos tipos de droga, de regalar las primeras dosis del “producto” con el fin de enganchar el novato. La técnica es común y fácil. Se busca un sujeto debilitado por algún acontecimiento desagradable, fuera de su medio normal, fastidiado, desorientado, aburrido, y, se le ofrece un momento de olvido gratis. Cuando está bien enganchado, ya se le puede cobrar la mercancía a cualquier precio, pagara sin refunfuñar porque su organismo pide su dosis. Estaba haciendo la mili, allá por los años setenta. Pasablemente disgustado por este año y medio perdido, no veía pasar los días. Fastidiado por el hecho de perder un año y medio de trabajo, sueldo incluido, desorientado por una forma de vida nueva y ridículamente inútil, aburrido durante todo el día, me sobraban horas para no hacer nada, que es lo que mejor se hace en los cuarteles. Aproveché entonces la oportunidad que me brindaba el estado de ocupar “inteligentemente” manos y boca, fumando gratis. El Estado francés nos regalaba cada mes un cartón entero de tabaco y, con la complicidad del ejercito, empezaba la campaña de publicidad. Hasta los superiores parecían interesados en el negocio. Recuerdo un sargento que llamaba “mariquitas” a los que se resistían a empezar, - Se dice un hombre y no es capaz de fumarse un cigarrillo. A pesar de la prohibición, los no fumadores vendían este tabaco fuera del cuartel. Los demás, y yo de los primeros, probamos y nos gustó, volvemos a probar y nos gustó más. Al final, más de uno no llegaba a fin de mes con su tabaco gratis y los incorruptos ya pudieron vender su ración mensual sin tener que salir del cuartel. Considerando que un soldado que ha fumado gratis durante dieciséis meses paga durante una media de cuarenta años para seguir fumando hasta que el tabaco lo mate, el negocio sale redondo. La campaña de publicidad sale solo a un 0,03% del rendimiento global, y a muchas empresas le gustaría tener un presupuesto de publicidad tan bajo. Si los mayores problemas de salud de los fumadores empiezan alrededor de los cincuenta años, el estado sigue ganando dado que por cada enfermo que cuesta dinero a la comunidad, treinta están llenando las arcas echando humo. El estado no se cansa de repetir que hay que perseguir y castigar a los traficantes de drogas que aprovechan la debilidad de los jóvenes para asegurar su negocio futuro cuando, durante décadas, ha utilizado la misma técnica para asegurarse la rentabilidad del enorme negocio del tabaco. ¿Ahora, que hago yo, denuncio al Estado?

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