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Me
gustaba el tabaco natural, negro, fuerte, el tabaco sin sabor
a miel o a canela, el tabaco para hombre como dice mucha gente
sin saber que, con este dicho, están tocando la verdad. El tabaco
rubio no es otra cosa que un invento comercial destinado a suavizar
el sabor del tabaco para incitar a las mujeres a fumar, abriendo
así el camino a una clientela nueva. Me encantaba el primer
cigarrillo de la mañana; éste quete saca de los pulmones unos
conciertos de tos dantescos. Me gustaba el pitillo de después
de comer, el de después del café, el de después del otro, y
del siguiente, y de todos los demás. Hasta me gustaba el último
del día, que es siempre el que sobra, el que te hace notar que,
un día más, te has pasado con el tabaco. Cada uno de ellos me
recordaba que fumar es una tontería, que, además de arruinar
mi salud, ayudaba a los que viven de la venta del tabaco a hacerse
cada día más ricos y más indiferentes a las consecuencias de
este vicio. Hace unos tres años, buscando motivaciones para
dejar de fumar, intenté recordar mi primer cigarrillo, saber
cuando, como y porqué había empezado con esta tonta costumbre.
Y al recordar, me di cuenta de que había sido una víctima más
de un vil traficante. Es costumbre, entre los traficantes de
todos tipos de droga, de regalar las primeras dosis del “producto”
con el fin de enganchar el novato. La técnica es común y fácil.
Se busca un sujeto debilitado por algún acontecimiento desagradable,
fuera de su medio normal, fastidiado, desorientado, aburrido,
y, se le ofrece un momento de olvido gratis. Cuando está bien
enganchado, ya se le puede cobrar la mercancía a cualquier precio,
pagara sin refunfuñar porque su organismo pide su dosis. Estaba
haciendo la mili, allá por los años setenta. Pasablemente disgustado
por este año y medio perdido, no veía pasar los días. Fastidiado
por el hecho de perder un año y medio de trabajo, sueldo incluido,
desorientado por una forma de vida nueva y ridículamente inútil,
aburrido durante todo el día, me sobraban horas para no hacer
nada, que es lo que mejor se hace en los cuarteles. Aproveché
entonces la oportunidad que me brindaba el estado de ocupar
“inteligentemente” manos y boca, fumando gratis. El Estado francés
nos regalaba cada mes un cartón entero de tabaco y, con la complicidad
del ejercito, empezaba la campaña de publicidad. Hasta los superiores
parecían interesados en el negocio. Recuerdo un sargento que
llamaba “mariquitas” a los que se resistían a empezar, - Se
dice un hombre y no es capaz de fumarse un cigarrillo. A pesar
de la prohibición, los no fumadores vendían este tabaco fuera
del cuartel. Los demás, y yo de los primeros, probamos y nos
gustó, volvemos a probar y nos gustó más. Al final, más de uno
no llegaba a fin de mes con su tabaco gratis y los incorruptos
ya pudieron vender su ración mensual sin tener que salir del
cuartel. Considerando que un soldado que ha fumado gratis durante
dieciséis meses paga durante una media de cuarenta años para
seguir fumando hasta que el tabaco lo mate, el negocio sale
redondo. La campaña de publicidad sale solo a un 0,03% del rendimiento
global, y a muchas empresas le gustaría tener un presupuesto
de publicidad tan bajo. Si los mayores problemas de salud de
los fumadores empiezan alrededor de los cincuenta años, el estado
sigue ganando dado que por cada enfermo que cuesta dinero a
la comunidad, treinta están llenando las arcas echando humo.
El estado no se cansa de repetir que hay que perseguir y castigar
a los traficantes de drogas que aprovechan la debilidad de los
jóvenes para asegurar su negocio futuro cuando, durante décadas,
ha utilizado la misma técnica para asegurarse la rentabilidad
del enorme negocio del tabaco. ¿Ahora, que hago yo, denuncio
al Estado?
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