¡Dile que se ponga!

Paul-Hervé Paquet

¿Lleva su hijo el móvil al colegio?

 

Estamos acostumbrados a que el odioso pitido de los móviles se deje oír en todos los lugares; en el cine, el autobús, el supermercado, en los partidos de tenis (en los de fútbol, no molestan porque no se oyen), por la calle o justo debajo del cartel "silencio" de los pasillos del hospital. Hasta en una reciente ceremonia ritual del decrepito Gurú de Roma, Juan Pablo II, retransmitida por televisión, los móviles se iban respondiendo como gallos de madrugada, de un lado a otro de la plaza San Pedro. Además de ser causa de nuevas molestias y enfermedades, algunas conocidas pero no reconocidas y otras que podríamos bautizar ahora mismo como, por ejemplo; Incomunicofobia; el miedo a ser incomunicado, mapafobia; miedo a quedarse fuera de cobertura (o del mapa), pipifobia, el miedo a que se nos llame cuando tenemos las manos ocupadas, energofobia; el miedo a quedar sin batería... estos artilugios hacen nacer nuevas costumbres y una cultura nueva. Lo que acabó llamándose estilo telegráfico y se caracterizaba por el hecho de limitar, en un principio por razones técnicas y luego por motivos económicos, el numero de palabras de los telegramas, no tuvo mayor incidencia sobre la conducta del común de los mortales. No se enviaba un telegrama todos los días y, como mucho, esta forma de expresarse podía alterar las costumbres de las chicas de la ventanilla de correos que redactaban el texto. Solo se trataba de quitar lo superfluo. Se decía: -Abuelo fallecido. Entierro sábado-; y nada más. ¿Para qué más? Habría tiempo de sobra antes y después del entierro para comentar el cuándo, dónde y cómo del triste acontecimiento. Incluso este mensaje se podía recortar para salir más barato; escribiendo -entierro abuelo sábado-, se daba la misma noticia por menos dinero, dejando suponer, al menos para la inmensa mayoría, que había fallecido. Poniendo solo -entierro sábado-, se podía añadir algo de morbo a la noticia dejando en el aire el nombre del fallecido y, de paso, ahorrarse el cincuenta por ciento del precio del telegrama. Algunos no los querían firmar, explicando, no sin razón, a la telegrafista que: - Al ver de donde viene, sabrán quien lo envía. En cambio, los mensajes cortos de los móviles y de los servicios de mensajería gratuita de Internet inciden bastante más en la vida de cada día. El principio es el mismo, pero son los caracteres que se limitan. Además de quitar las palabras superfluas, se supriman también las letras que no sean estrictamente indispensables para la comprensión de las pocas palabras que quedan. Es el estilo GSM. En el estilo GSM, se cuentan las letras; no para pagar menos, sino por que está limitado su numero. A la hora de enviar un mensaje a un móvil desde tu ordenador, por ejemplo, el sistema te deja escribir todo lo que quieres pero, a la hora de enviar el mensaje, se oye un pequeño "tin" y aparece una ventanilla donde se puede leer; "mensaje demasiado largo"; algunos, incluso te detallan lo demasiado largo que es; "puedes enviar130 caracteres, sobran 64". Y empieza el ridículo... Para ganar tiempo, ibas a enviar un "mensaje corto" pero vas a perder mucho más tiempo para conseguir que lo sea. O por lo menos que lo sea lo suficiente como para que el servidor lo acepte. El problema está en recortar sin adulterar el sentido de la misiva. Y aparecen las alteraciones de la lengua que, si no tienen mayores consecuencias en este caso, sí que las tendrán cuando, después de generalizarse su uso, pasarán a la lengua de la calle, después a la Academia, y de allí al diccionario. Para ganar espacio, se pone ke por que, k por ca, el signo + significa más, casado, boda o matrimonio, el signo por después, kk por sucio y otros excrementos, x significa por, desconocido o multiplicado, A+ es hasta luego, etc. Para ganar dos minutos, haces un cuarto de hora de gimnasia mental para recortar un mensaje que impondrá otro cuarto de hora de la misma gimnasia al destinatario, el cual, al final, te llamará para preguntarte lo que le quería decir. Su gimnasia mental no tiene porque llevar al mismo resultado que la tuya. Por muy sorprendente que pueda parecer, un sitio donde es cada vez más corriente ver y oír a los móviles es la escuela. Y no necesariamente durante el recreo. Se cuenta que durante un examen, un alumno, con la cabeza apoyada sobre su mano izquierda, en posición pensativa, leía las preguntas a media voz, como para impregnarse de su contenido, y escribía a continuación las respuestas que esta curiosa técnica de concentración parecía hacer nacer en su mente. Se comprobó por casualidad que esta mano que parecía soportar una cabeza pesada de saber, solo escondía un "kit manos libres", es decir, un pequeño auricular y un micrófono minúsculo que, conectados al teléfono móvil que llevaba en el bolsillo, le simplificaba bastante el trabajo. "A = C + raíz de 2. Mensaje cortesía de Tierra*" Al encontrar esta respuesta en un examen, el corrector pudo descubrir la trampa. El padre, desde el ordenador de su oficina, enviaba las respuestas gracias a un de estos servicio de mensajes escritos a móviles que se ofrecen de forma gratuita con la única condición de incluir un pequeño anuncio publicitario. Algo despistado, el hijo copió en su examen la respuesta completa, spot publicitario incluido. *Marca imaginaria ( pero quedamos abiertos a cualquier oferta convincente) - ¡Es mi madre, y dice que se ponga! Decía hace poco un alumno a una amiga mía, profesora de ESO. Pues, "se puso". - ¿Cómo se le ocurre decir a mi hijo que cuelgue el teléfono cuando esta hablando con su madre, que la he oído? ¡Si lo llamo, es que tengo que hablar con él, digo yo! - Pero, Señora, esto es la escuela y una clase de matemáticas, y su hijo no tiene porque hablar por teléfono durante la clase. - ¿Y por qué cree Ud. que le compré este teléfono a mi hijo; con lo que cuesta; para que lo tenga apagado? Es que es muy importante que hable con él. Sabe Ud., mi hija no se fía de mí, que con mi hijo son como uña y carne; se lo cuenta todo; y como no hay quien la saque de la cama esta mañana, quería saber si su hermano sabía donde ha pasado la noche... No sé como no tiró mi amiga el dichoso teléfono por la ventana. Lo más triste de esta historia es que nos haga reír cuando debería preocuparnos. Si los padres ya no tienen autoestima ni respeto, si son capaces de rebajarse tanto solo para ahorrar al hijo una pequeña molestia o una mala nota, es que algo huele mal en la sociedad. Lo peor es que la explicación es sencilla. Si falla la educación de los hijos, es porque se ha fallado en la educación de los padres. Y esto, por desgracia, ya no tiene remedio.

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