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Estamos
acostumbrados a que el odioso pitido de los móviles se deje
oír en todos los lugares; en el cine, el autobús, el supermercado,
en los partidos de tenis (en los de fútbol, no molestan porque
no se oyen), por la calle o justo debajo del cartel "silencio"
de los pasillos del hospital. Hasta en una reciente ceremonia
ritual del decrepito Gurú de Roma, Juan Pablo II, retransmitida
por televisión, los móviles se iban respondiendo como gallos
de madrugada, de un lado a otro de la plaza San Pedro. Además
de ser causa de nuevas molestias y enfermedades, algunas conocidas
pero no reconocidas y otras que podríamos bautizar ahora mismo
como, por ejemplo; Incomunicofobia; el miedo a ser incomunicado,
mapafobia; miedo a quedarse fuera de cobertura (o del mapa),
pipifobia, el miedo a que se nos llame cuando tenemos las manos
ocupadas, energofobia; el miedo a quedar sin batería... estos
artilugios hacen nacer nuevas costumbres y una cultura nueva.
Lo que acabó llamándose estilo telegráfico y se caracterizaba
por el hecho de limitar, en un principio por razones técnicas
y luego por motivos económicos, el numero de palabras de los
telegramas, no tuvo mayor incidencia sobre la conducta del común
de los mortales. No se enviaba un telegrama todos los días y,
como mucho, esta forma de expresarse podía alterar las costumbres
de las chicas de la ventanilla de correos que redactaban el
texto. Solo se trataba de quitar lo superfluo. Se decía: -Abuelo
fallecido. Entierro sábado-; y nada más. ¿Para qué más? Habría
tiempo de sobra antes y después del entierro para comentar el
cuándo, dónde y cómo del triste acontecimiento. Incluso este
mensaje se podía recortar para salir más barato; escribiendo
-entierro abuelo sábado-, se daba la misma noticia por menos
dinero, dejando suponer, al menos para la inmensa mayoría, que
había fallecido. Poniendo solo -entierro sábado-, se podía añadir
algo de morbo a la noticia dejando en el aire el nombre del
fallecido y, de paso, ahorrarse el cincuenta por ciento del
precio del telegrama. Algunos no los querían firmar, explicando,
no sin razón, a la telegrafista que: - Al ver de donde viene,
sabrán quien lo envía. En cambio, los mensajes cortos de los
móviles y de los servicios de mensajería gratuita de Internet
inciden bastante más en la vida de cada día. El principio es
el mismo, pero son los caracteres que se limitan. Además de
quitar las palabras superfluas, se supriman también las letras
que no sean estrictamente indispensables para la comprensión
de las pocas palabras que quedan. Es el estilo GSM. En el estilo
GSM, se cuentan las letras; no para pagar menos, sino por que
está limitado su numero. A la hora de enviar un mensaje a un
móvil desde tu ordenador, por ejemplo, el sistema te deja escribir
todo lo que quieres pero, a la hora de enviar el mensaje, se
oye un pequeño "tin" y aparece una ventanilla donde se puede
leer; "mensaje demasiado largo"; algunos, incluso te detallan
lo demasiado largo que es; "puedes enviar130 caracteres, sobran
64". Y empieza el ridículo... Para ganar tiempo, ibas a enviar
un "mensaje corto" pero vas a perder mucho más tiempo para conseguir
que lo sea. O por lo menos que lo sea lo suficiente como para
que el servidor lo acepte. El problema está en recortar sin
adulterar el sentido de la misiva. Y aparecen las alteraciones
de la lengua que, si no tienen mayores consecuencias en este
caso, sí que las tendrán cuando, después de generalizarse su
uso, pasarán a la lengua de la calle, después a la Academia,
y de allí al diccionario. Para ganar espacio, se pone ke por
que, k por ca, el signo + significa más, casado, boda o matrimonio,
el signo por después, kk por sucio y otros excrementos, x significa
por, desconocido o multiplicado, A+ es hasta luego, etc. Para
ganar dos minutos, haces un cuarto de hora de gimnasia mental
para recortar un mensaje que impondrá otro cuarto de hora de
la misma gimnasia al destinatario, el cual, al final, te llamará
para preguntarte lo que le quería decir. Su gimnasia mental
no tiene porque llevar al mismo resultado que la tuya. Por muy
sorprendente que pueda parecer, un sitio donde es cada vez más
corriente ver y oír a los móviles es la escuela. Y no necesariamente
durante el recreo. Se cuenta que durante un examen, un alumno,
con la cabeza apoyada sobre su mano izquierda, en posición pensativa,
leía las preguntas a media voz, como para impregnarse de su
contenido, y escribía a continuación las respuestas que esta
curiosa técnica de concentración parecía hacer nacer en su mente.
Se comprobó por casualidad que esta mano que parecía soportar
una cabeza pesada de saber, solo escondía un "kit manos libres",
es decir, un pequeño auricular y un micrófono minúsculo que,
conectados al teléfono móvil que llevaba en el bolsillo, le
simplificaba bastante el trabajo. "A = C + raíz de 2. Mensaje
cortesía de Tierra*" Al encontrar esta respuesta en un examen,
el corrector pudo descubrir la trampa. El padre, desde el ordenador
de su oficina, enviaba las respuestas gracias a un de estos
servicio de mensajes escritos a móviles que se ofrecen de forma
gratuita con la única condición de incluir un pequeño anuncio
publicitario. Algo despistado, el hijo copió en su examen la
respuesta completa, spot publicitario incluido. *Marca imaginaria
( pero quedamos abiertos a cualquier oferta convincente) - ¡Es
mi madre, y dice que se ponga! Decía hace poco un alumno a una
amiga mía, profesora de ESO. Pues, "se puso". - ¿Cómo se le
ocurre decir a mi hijo que cuelgue el teléfono cuando esta hablando
con su madre, que la he oído? ¡Si lo llamo, es que tengo que
hablar con él, digo yo! - Pero, Señora, esto es la escuela y
una clase de matemáticas, y su hijo no tiene porque hablar por
teléfono durante la clase. - ¿Y por qué cree Ud. que le compré
este teléfono a mi hijo; con lo que cuesta; para que lo tenga
apagado? Es que es muy importante que hable con él. Sabe Ud.,
mi hija no se fía de mí, que con mi hijo son como uña y carne;
se lo cuenta todo; y como no hay quien la saque de la cama esta
mañana, quería saber si su hermano sabía donde ha pasado la
noche... No sé como no tiró mi amiga el dichoso teléfono por
la ventana. Lo más triste de esta historia es que nos haga reír
cuando debería preocuparnos. Si los padres ya no tienen autoestima
ni respeto, si son capaces de rebajarse tanto solo para ahorrar
al hijo una pequeña molestia o una mala nota, es que algo huele
mal en la sociedad. Lo peor es que la explicación es sencilla.
Si falla la educación de los hijos, es porque se ha fallado
en la educación de los padres. Y esto, por desgracia, ya no
tiene remedio.
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