|
A
la hora de escribir estas líneas, estoy a punto de cumplir algo
más de medio siglo de vida. No es mucho y espero, con estos
cincuenta y dos años, no haber cumplido más que la mitad de
mi existencia, lo que parece probar que no me matará el pesimismo.
Estoy consciente, y esto desde que tengo uso de razón, de que
cada día me acerca más del momento en que tendré que dejar todo
lo que ha podido ser mío a los que me sobrevivirán. Un día,
hablando de su navaja, mi abuelo me dijo que le gustaría que
me quedará yo con ella después de su muerte. - ¡Que se la quede
él que la coge, pero me gustaría que la tengas tú, porque contigo,
tiene alguna posibilidad de seguir cortando juncos y esculpiendo
pipas de raíz de brezo! A mí, me gustaría que se quede con mis
lápices alguien que sepa y a quien le guste escribir o dibujar.
Me gustaría, pero nada más. Si se los queda alguien que los
deja en un cajón, es como si quiere quemarlos, yo, ya, no los
necesitaré. Igual para mis riñones, mis pulmones, mis ojos y
mi corazón. Cuando dejamos de ser útiles (o inútiles para algunos,
no hay que olvidar a nadie) es tan insensato desperdiciar nuestro
cuerpo como lo sería tirar a la basura una lechuga recién cosechada
o un filete recién cortado. El día en que falle algún elemento
de este casual y curioso acontecimiento cósmico que me ha permitido
vivir, lo que habrá podido ser mío será de los que quedan. Y
esto incluye mis lápices, mis ojos, mi corazón, mis riñones,
mi hígado, mi páncreas, mis pies y manos ahora que se implanten
también con éxito, piel, huesos y cerebro si alguien los quiere
o los necesita. Para mí, es como si quieren hacer pinceles con
mis pelos y pienso para gatos con el resto. El día en que me
muero, todo lo mío será de los que quedan, incluyendo los recuerdos
compartidos, las sensaciones y emociones que habré dejado escritas
en este y otros eriódicos, mis sueños, mi trabajo cobrado y
el que no, mi carne como mis huesos. No se trata de solidaridad
sino de lógica. No necesitaré ya nada de todo esto y, solo en
España, más de 5000 pacientes están esperando un transplante.
Con solo un cuerpo, se pueden salvar hasta seis personan y devolver
la vista a dos; y los que lloran egoístamente su auto compasión
(no se llora nunca por el muerto sino por uno mismo) lo hacen
delante de una caja de carne fría y nada más. Desperdiciar lo
que puede servir a los demás es puro egoísmo y falta de respeto
para uno mismo. Saber que podrás salvar a varios enfermos es
consolador, te evita inútiles remordimientos y te permite morir
más tranquilo. Por otra parte, tomar esta decisión te incita
a cuidarte mejor. No puedes estropear fumando unos pulmones
que vas a dejar a otro. Aunque sea sin conocer mi nombre, él
que seguirá viviendo gracias a mi corazón o un riñón mío, como
él que volverá a ver la luz del sol gracias a mi córnea se acordarán
de mí mientras vivan. Y, a lo mejor, se harán donantes. Porque
hay todavía personas ingratas que, a pesar de seguir en vida
por haber recibido un órgano de otro, se niegan, casi siempre
por motivos religiosos, a dar los suyos a su muerte. Será que
no se puede entrar en su paraíso a la pata coja. La Ley dice
que "la extracción de órganos u otras piezas anatómicas de fallecidos
podrá realizarse con fines terapéuticos o científicos, en el
caso de que estos no hubieran dejado constancia expresa de su
oposición". Esta Ley tendría que facilitar las cosas y hacer
inagotable el banco de órganos, además de impedir que se siga
con unas vergonzosas especulaciones (En muchos países y en el
año 2000, se venden todavía órganos para transplante). Pero
unos ridículos tabúes impiden todavía que, por el bien de nuestra
sociedad, se aplique esta Ley con el debido rigor. Se teme reacciones
anticuadas de una mayoría que no quiere dejar que un familiar
se vaya a la putrefacción final con un órgano menos. Aunque
el fallecido lleve encima una tarjeta de donante y a pesar de
tener la ley de su lado, los médicos no se atreven a practicar
ninguna extracción sin el consentimiento de los familiares del
fallecido. Mientras, cada día mueren más de 1.500 personas en
España, y hay 5000 pacientes que esperan una donación y pueden
morir a cualquier momento por no encontrar el órgano que le
salvaría la vida. Si algo no te sirve, déjalo para otro. ¡Yo,
doy; y tú?
Escribir
al autor
|