¡Yo doy; y tú?

Paul-Hervé Paquet

Cuando dejamos de ser útiles (o inútiles para algunos, no hay que olvidar a nadie) es tan insensato desperdiciar nuestro cuerpo como lo sería tirar a la basura una lechuga recién cosechada o un filete recién cortado.

A la hora de escribir estas líneas, estoy a punto de cumplir algo más de medio siglo de vida. No es mucho y espero, con estos cincuenta y dos años, no haber cumplido más que la mitad de mi existencia, lo que parece probar que no me matará el pesimismo. Estoy consciente, y esto desde que tengo uso de razón, de que cada día me acerca más del momento en que tendré que dejar todo lo que ha podido ser mío a los que me sobrevivirán. Un día, hablando de su navaja, mi abuelo me dijo que le gustaría que me quedará yo con ella después de su muerte. - ¡Que se la quede él que la coge, pero me gustaría que la tengas tú, porque contigo, tiene alguna posibilidad de seguir cortando juncos y esculpiendo pipas de raíz de brezo! A mí, me gustaría que se quede con mis lápices alguien que sepa y a quien le guste escribir o dibujar. Me gustaría, pero nada más. Si se los queda alguien que los deja en un cajón, es como si quiere quemarlos, yo, ya, no los necesitaré. Igual para mis riñones, mis pulmones, mis ojos y mi corazón. Cuando dejamos de ser útiles (o inútiles para algunos, no hay que olvidar a nadie) es tan insensato desperdiciar nuestro cuerpo como lo sería tirar a la basura una lechuga recién cosechada o un filete recién cortado. El día en que falle algún elemento de este casual y curioso acontecimiento cósmico que me ha permitido vivir, lo que habrá podido ser mío será de los que quedan. Y esto incluye mis lápices, mis ojos, mi corazón, mis riñones, mi hígado, mi páncreas, mis pies y manos ahora que se implanten también con éxito, piel, huesos y cerebro si alguien los quiere o los necesita. Para mí, es como si quieren hacer pinceles con mis pelos y pienso para gatos con el resto. El día en que me muero, todo lo mío será de los que quedan, incluyendo los recuerdos compartidos, las sensaciones y emociones que habré dejado escritas en este y otros eriódicos, mis sueños, mi trabajo cobrado y el que no, mi carne como mis huesos. No se trata de solidaridad sino de lógica. No necesitaré ya nada de todo esto y, solo en España, más de 5000 pacientes están esperando un transplante. Con solo un cuerpo, se pueden salvar hasta seis personan y devolver la vista a dos; y los que lloran egoístamente su auto compasión (no se llora nunca por el muerto sino por uno mismo) lo hacen delante de una caja de carne fría y nada más. Desperdiciar lo que puede servir a los demás es puro egoísmo y falta de respeto para uno mismo. Saber que podrás salvar a varios enfermos es consolador, te evita inútiles remordimientos y te permite morir más tranquilo. Por otra parte, tomar esta decisión te incita a cuidarte mejor. No puedes estropear fumando unos pulmones que vas a dejar a otro. Aunque sea sin conocer mi nombre, él que seguirá viviendo gracias a mi corazón o un riñón mío, como él que volverá a ver la luz del sol gracias a mi córnea se acordarán de mí mientras vivan. Y, a lo mejor, se harán donantes. Porque hay todavía personas ingratas que, a pesar de seguir en vida por haber recibido un órgano de otro, se niegan, casi siempre por motivos religiosos, a dar los suyos a su muerte. Será que no se puede entrar en su paraíso a la pata coja. La Ley dice que "la extracción de órganos u otras piezas anatómicas de fallecidos podrá realizarse con fines terapéuticos o científicos, en el caso de que estos no hubieran dejado constancia expresa de su oposición". Esta Ley tendría que facilitar las cosas y hacer inagotable el banco de órganos, además de impedir que se siga con unas vergonzosas especulaciones (En muchos países y en el año 2000, se venden todavía órganos para transplante). Pero unos ridículos tabúes impiden todavía que, por el bien de nuestra sociedad, se aplique esta Ley con el debido rigor. Se teme reacciones anticuadas de una mayoría que no quiere dejar que un familiar se vaya a la putrefacción final con un órgano menos. Aunque el fallecido lleve encima una tarjeta de donante y a pesar de tener la ley de su lado, los médicos no se atreven a practicar ninguna extracción sin el consentimiento de los familiares del fallecido. Mientras, cada día mueren más de 1.500 personas en España, y hay 5000 pacientes que esperan una donación y pueden morir a cualquier momento por no encontrar el órgano que le salvaría la vida. Si algo no te sirve, déjalo para otro. ¡Yo, doy; y tú?

Escribir al autor

 

Buzon De Nuestros Lectores, Escriban a:
el mosquito
redaccion@elmosquito.net