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Hace
unos meses, tuve la oportunidad de participar, como invitado,
a una charla radiofónica organizada con ocasión de la presentación
de la última novela de Raimundo Montero, "La Secta de los egoístas",
publicada por Editorial Club Universitario. Esta tertulia debía
grabarse para ser emitida unos días más tarde, y como se suponía
que íbamos a hablar del libro, lo leí otra vez en la semana
anterior a la tertulia. Esta segunda lectura, como siempre pasa,
me permitió descubrir cosas, sentimientos y profundidades nuevas.
Se dice que la única cualidad requerida para ser un buen filósofo
es la capacidad de extrañarse, de sorprenderse, de ser capaz
de buscar y encontrar cada día cosas nuevas; Raimundo Montero
nos demuestra en cada uno de sus escritos que, además de quedarse
siempre del lado de la lógica y de la verdad, no tiene miedo
a las técnicas nuevas, incluso si tiene que inventárselas; su
"fantasmagoría literaria" se podría citar como ejemplo de su
estilo y nadie que me conozca un poco se extrañará si afirmo
que "Palabra de Dios" me encantó o que "La verdadera historia
de Jesús de Nazaret" de Raimundo Montero me parece ser la única
manera de contar decentemente ese viejo cuento. Con "La secta
de los egoístas", Raimundo Montero nos incita a reírnos de nuestros
defectos y de la imperfección de esta parásita raza que persista
en sobrevivir sobre nuestro desgraciado planeta. Pero volvamos
a nuestra tertulia. Se suponía que íbamos a charlar sobre el
libro, el autor y su obra, el tema de fondo, las reacciones
del publico, de los críticos... mas de esto, nada; la suma de
una organización desastrosa, de la mala fe de los unos y la
mala leche de los otros dio un resultado tan desolador que pude
oír al propio autor solicitar del moderador que, -¡por favor,
no emita esa farsa! Éramos tres invitados, el periodista moderador,
el autor y algunas personas que, a pesar de no haber sido invitados
a hacerlo, se sentaron a esa mesa como el Rey en su casa. El
presentador o moderador, empezó por destacarse por su ausencia
durante más de media hora. Cuando por fin llegó, sin siquiera
saludar al autor y sus invitados, pudimos comprobar que era
con las manos vacías, sin grabadora -que hubo que buscar-, sin
cintas, sin papeles y, lo que es peor, y lo descubriríamos después,
con pocas ganas de hablar de ese libro. Nada más presentar al
autor y el tema, empezó la farsa. Enseguida quedo patente que
el moderador no había leído el libro que tenía que presentar
y que lo criticaba sólo por haber oído decir que trataba de
un tema, para él, sensible. Por esta razón y algunas otras inconfesables,
el ambiente cogió enseguida un olor a odio y mala fe. Pero cuando
sacaron las garras los elementos tertulianos injertados en el
último momento -uno en un estado preocupante de sobredosis de
felicidad cristiana y el otro al contrario, afligido de una
dosis también sobrecogedora de tristeza, amargura, represión
psicológica modulada, al parecer, por tomas masivas de tranquilizantes-
nos dimos cuenta de que la caza de bruja había comenzado. Dios
se puso por medio y llegó el caos. No me acuerdo muy bien de
quien lo mencionó, pero cuando entro en el ruedo, los citados
injertos se olvidaron del tema de la charla que era el libro
de Raimundo Montero y pasaron a batallar sobre el tema de si
Jesús eso y si María lo otro, que si había que creer o no, que
si rezar o no, y que si "lo que sea, por hablar", o no. Charla
muy animada entre un moderador "encristianizado" que había olvidado
el objeto de su propia presencia y dos personas que no eran
ni invitados a la reunión. Recuerdo las miradas incrédulas de
Raimundo Montero. Miraba al periodista que no lo miraba nunca;
miraba a los dos contrincantes que, inmerso en su mundo "alucino-católico",
no se daban cuenta de nada; y cuando se cruzaban nuestras miradas,
la suya parecía preguntarme: "¿Estaremos soñando?"; "¿que hacemos
aquí?"; "¿nos vamos?" Cada uno había venido para hablar de lo
suyo y hasta el periodista, que tenía que haberse conformado
con un papel moderador, echaba leña a la hoguera donde, al parecer,
se trataba de llevar al autor. Menos mal que el clic indicador
de que se había acabado la cinta registradora cerró de pronto
el pico a estos pájaros de mal augurio y dispersó la tropa antes
de que esas hostilidades oratorias llegasen a más. Acabo de
leer por tercera vez "La secta de los egoístas" de Raimundo
Montero, y esta lectura me lleva a las siguientes conclusiones:
como todos los libros buenos, hay que leer éste por lo menos
dos veces. No entiendo el porqué de este odio. Nuestro conocido
y amargado literateador local José Ramón Giner tampoco lo ha
leído. Algunas personas están en las bibliotecas como un eunuco
en un harem. Sabemos de sobra que lo que preocupa a José Ramón
Giner es la estructura literaria, no lo que se cuenta, se imagina,
se siente o se sueña. No le interesa la historia, ni las emociones.
No le interesa tampoco la verdad. En uno de sus agrios escritos,
reprocha a Raimundo Montero de "triturar la configuración del
relato", y de "acatar aquello que le dicta su particular interés
narrativo". Pues, eso es tener carácter. El que escribe es libre
de decidir como lo hará y si "escribir mal, en un estilo torpe,
descuidado, pero sin afectación, es tan difícil como hacerlo
bien", escribir bien suele ser, a menudo, el refugio de los
que no tienen nada que contar. Claro que nada es más irritante
que el éxito ajeno, sobre todo cuando sirve de indicador de
su propio descalabro. El inolvidable Victor Hugo decía sin sonreír
pero con razón: "-Contradecir a un critico o a una mujer es
ridículo; es tan fácil esperar que cambie de idea". Del mismo
modo, creo poder afirmar que Raimundo Montero no se dejará desmoralizar
por esas pobres críticas y seguirá regalándonos escritos llenos
de vida y graciosamente redactados en este estilo tan personal.
Esta desventura de una novela que, a pesar de acariciar demasiado
a la verdad, no se merece tanto odio, nos enseña mucho sobre
ese bicho bastante raro que es el Ser Humano. Lo que habría
que hacer, ahora, sería coger la pluma y empezar a escribir
de nuevo, tratando de ver la otra cara de ese mundo insípido
y lleno de acrimonia. Se podría contar las cosas de la vida
de hoy, de algunos políticos, críticos o periodistas marrones,
de la verdad. ¡A lo mejor lo hago yo! Se podría titular "La
secta de los cobardes".
Escribir
al autor.
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