Una secta más

Paul-Hervé Paquet

"La ventaja de ser inteligente está en que siempre se puede hacer el imbécil, mientras que el inverso es imposible".

Courteline.

 

Hace unos meses, tuve la oportunidad de participar, como invitado, a una charla radiofónica organizada con ocasión de la presentación de la última novela de Raimundo Montero, "La Secta de los egoístas", publicada por Editorial Club Universitario. Esta tertulia debía grabarse para ser emitida unos días más tarde, y como se suponía que íbamos a hablar del libro, lo leí otra vez en la semana anterior a la tertulia. Esta segunda lectura, como siempre pasa, me permitió descubrir cosas, sentimientos y profundidades nuevas. Se dice que la única cualidad requerida para ser un buen filósofo es la capacidad de extrañarse, de sorprenderse, de ser capaz de buscar y encontrar cada día cosas nuevas; Raimundo Montero nos demuestra en cada uno de sus escritos que, además de quedarse siempre del lado de la lógica y de la verdad, no tiene miedo a las técnicas nuevas, incluso si tiene que inventárselas; su "fantasmagoría literaria" se podría citar como ejemplo de su estilo y nadie que me conozca un poco se extrañará si afirmo que "Palabra de Dios" me encantó o que "La verdadera historia de Jesús de Nazaret" de Raimundo Montero me parece ser la única manera de contar decentemente ese viejo cuento. Con "La secta de los egoístas", Raimundo Montero nos incita a reírnos de nuestros defectos y de la imperfección de esta parásita raza que persista en sobrevivir sobre nuestro desgraciado planeta. Pero volvamos a nuestra tertulia. Se suponía que íbamos a charlar sobre el libro, el autor y su obra, el tema de fondo, las reacciones del publico, de los críticos... mas de esto, nada; la suma de una organización desastrosa, de la mala fe de los unos y la mala leche de los otros dio un resultado tan desolador que pude oír al propio autor solicitar del moderador que, -¡por favor, no emita esa farsa! Éramos tres invitados, el periodista moderador, el autor y algunas personas que, a pesar de no haber sido invitados a hacerlo, se sentaron a esa mesa como el Rey en su casa. El presentador o moderador, empezó por destacarse por su ausencia durante más de media hora. Cuando por fin llegó, sin siquiera saludar al autor y sus invitados, pudimos comprobar que era con las manos vacías, sin grabadora -que hubo que buscar-, sin cintas, sin papeles y, lo que es peor, y lo descubriríamos después, con pocas ganas de hablar de ese libro. Nada más presentar al autor y el tema, empezó la farsa. Enseguida quedo patente que el moderador no había leído el libro que tenía que presentar y que lo criticaba sólo por haber oído decir que trataba de un tema, para él, sensible. Por esta razón y algunas otras inconfesables, el ambiente cogió enseguida un olor a odio y mala fe. Pero cuando sacaron las garras los elementos tertulianos injertados en el último momento -uno en un estado preocupante de sobredosis de felicidad cristiana y el otro al contrario, afligido de una dosis también sobrecogedora de tristeza, amargura, represión psicológica modulada, al parecer, por tomas masivas de tranquilizantes- nos dimos cuenta de que la caza de bruja había comenzado. Dios se puso por medio y llegó el caos. No me acuerdo muy bien de quien lo mencionó, pero cuando entro en el ruedo, los citados injertos se olvidaron del tema de la charla que era el libro de Raimundo Montero y pasaron a batallar sobre el tema de si Jesús eso y si María lo otro, que si había que creer o no, que si rezar o no, y que si "lo que sea, por hablar", o no. Charla muy animada entre un moderador "encristianizado" que había olvidado el objeto de su propia presencia y dos personas que no eran ni invitados a la reunión. Recuerdo las miradas incrédulas de Raimundo Montero. Miraba al periodista que no lo miraba nunca; miraba a los dos contrincantes que, inmerso en su mundo "alucino-católico", no se daban cuenta de nada; y cuando se cruzaban nuestras miradas, la suya parecía preguntarme: "¿Estaremos soñando?"; "¿que hacemos aquí?"; "¿nos vamos?" Cada uno había venido para hablar de lo suyo y hasta el periodista, que tenía que haberse conformado con un papel moderador, echaba leña a la hoguera donde, al parecer, se trataba de llevar al autor. Menos mal que el clic indicador de que se había acabado la cinta registradora cerró de pronto el pico a estos pájaros de mal augurio y dispersó la tropa antes de que esas hostilidades oratorias llegasen a más. Acabo de leer por tercera vez "La secta de los egoístas" de Raimundo Montero, y esta lectura me lleva a las siguientes conclusiones: como todos los libros buenos, hay que leer éste por lo menos dos veces. No entiendo el porqué de este odio. Nuestro conocido y amargado literateador local José Ramón Giner tampoco lo ha leído. Algunas personas están en las bibliotecas como un eunuco en un harem. Sabemos de sobra que lo que preocupa a José Ramón Giner es la estructura literaria, no lo que se cuenta, se imagina, se siente o se sueña. No le interesa la historia, ni las emociones. No le interesa tampoco la verdad. En uno de sus agrios escritos, reprocha a Raimundo Montero de "triturar la configuración del relato", y de "acatar aquello que le dicta su particular interés narrativo". Pues, eso es tener carácter. El que escribe es libre de decidir como lo hará y si "escribir mal, en un estilo torpe, descuidado, pero sin afectación, es tan difícil como hacerlo bien", escribir bien suele ser, a menudo, el refugio de los que no tienen nada que contar. Claro que nada es más irritante que el éxito ajeno, sobre todo cuando sirve de indicador de su propio descalabro. El inolvidable Victor Hugo decía sin sonreír pero con razón: "-Contradecir a un critico o a una mujer es ridículo; es tan fácil esperar que cambie de idea". Del mismo modo, creo poder afirmar que Raimundo Montero no se dejará desmoralizar por esas pobres críticas y seguirá regalándonos escritos llenos de vida y graciosamente redactados en este estilo tan personal. Esta desventura de una novela que, a pesar de acariciar demasiado a la verdad, no se merece tanto odio, nos enseña mucho sobre ese bicho bastante raro que es el Ser Humano. Lo que habría que hacer, ahora, sería coger la pluma y empezar a escribir de nuevo, tratando de ver la otra cara de ese mundo insípido y lleno de acrimonia. Se podría contar las cosas de la vida de hoy, de algunos políticos, críticos o periodistas marrones, de la verdad. ¡A lo mejor lo hago yo! Se podría titular "La secta de los cobardes".

Escribir al autor.

 

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