¿En quien confiar?

Paul-Hervé Paquet

 

He visto ya personas enfadadas, pero como el abuelo de esta mañana en el autobús, creo que nunca. El pobre hombre estaba contando a un amigo sus tribulaciones bancarias y todos los pasajeros entendían y compartían su rabia. - Mira, cuando llegué con mis ahorros, que no te creas que eran gran cosa, hasta el director me invitó a pasar a su despacho; casi se pone de rodilla por tres cochinos millones; ahora que lo pienso, me da asco; se la caía la baba. Me hizo poner el dinero en uno de estos fondos que van en bolsa, supuestamente sin riesgos y con ganancias seguras a corto plazo; garantizadas, que decía. Luego, cada vez que preguntaba cómo iba mi pequeño peculio, siempre me decían que bien, bien, pero que muy bien. - Don Esteban- me decía con una sonrisa- hemos tenido una subida esta semana, nada de otro mundo, pero una de estas subiditas discretas y seguras que multiplican las pesetas sin que nadie se dé cuenta, ni siquiera hacienda. Yo me iba tan contento. Pero cuando llegó el final del plazo y que hablé de disponer de mi dinero, la cosa cambió. Se acordaron de algunas cosas que habían olvidado, detalles sin importancia en el momento; unas de estas incomprensibles bajadas que se habían colado entre las subiditas; reacciones alérgicas a la guerra tal o a la revolución cual, subida del petróleo o del dólar, bajada del café o del cacao; en fin, una pena, con lo bien que había elegido la inversión ésta, en vez de aumentar mi capital, había tenido mala suerte y cada millón se había quedado en ochocientas mil. No era el momento adecuado para sacarlo y me aconsejaron dejarlo otro año más en este mismo fondo para que pueda recuperarse. Él que no se recuperó fui yo y no tardé más de cinco minutos en sacar mi dinero, cancelar la cuenta corriente y sacar el dinero de la cartilla antes de cancelarla también. Lo malo es que no puedo denunciarlos por estafa, te roban con la Ley en la mano. No sabemos ya en quien confiar. Los comentarios cruzados de un lado al otro del autobús olían a hoguera y de encontrarse en este momento un banquero en el vehículo, le linchaban. Si en algo se parecen los políticos, los banqueros, los curas y los científicos, es en el arte de engañar al personal para conseguir sus fines (que, en la mayoría de los casos, se pronuncia "fines" y se escribe "pesetas"- bueno; ahora "Euros"). Hace unos días, unos supuestos especialistas contaban en la tele que se habían detectado en los últimos años varias reducciones de la superficie del agujero de la capa de ozono que pone en peligro el hemisferio austral. En otros medios se habla de un aumento impresionante de este mismo agujero y se explica que los que hablan de las reducciones, como el banquero del abuelo, se olvidan de las medidas desfavorables a las declaraciones políticamente correctas. Cada uno opina según sus propios intereses y si algunos anuncian una subida de temperatura de dos o tres grados en este siglo, causando daños, sobre todo en los países en vía de desarrollo, por decenas de miles de millones de dólares, los analistas económicos evidencian que reducir drásticamente, por ejemplo, las emisiones de dióxido de carbono, saldría más caro que buscar la manera de adaptarse a unas temperaturas algo mayores. Ahora que EEUU está de nuevo en mano de un grupo de dirigentes o ex dirigentes de empresas petrolíferas y químicas, no es de extrañar que no firmen el cuerdo de Kyoto sobre la reducción de emisiones de gases causantes del efecto invernadero. Según un estudio de Tom Wigley, uno de los firmantes del último informe de la ONU sobre el cambio climático, las temperaturas que deben aumentar de 2,1ºC en 2100, aumentarían sólo de 1,9 aplicando punto por punto et protocolo de Kyoto. Llegaríamos al mismo resultado seis años más tarde y se preguntan -¿nos preguntan?- si el remedio no sería más caro que la enfermedad. Explican que aplicar el tratado en EEUU costaría más caro que suministrar agua potable a toda la humanidad, salvando cada año dos millones de personas. Hablan de prioridades y, para disculparse de no hacer nada, alegan que ser demasiado optimista es tan peligroso como ser demasiado pesimista. De hecho, hablan mucho sin hacer nada pero son tan maliciosos que cada uno de ellos parece ser el bueno de la película. Es tan fácil jugar con los números; Bjorn Lomborg, por ejemplo, es uno de estos especialistas en publicabar cifras aptas a engañar a los lectores; escribía en la revista "Nature" que en África, la malnutrición alcanzaba el 38% de la población en el año 1970, que llegaba sólo al 33% en 1996 y que bajaría al 30% antes del año 2010. Estas cifras, anunciadas de esta manera parecen indicar que el problema del hambre en África se está solucionando pero si recordamos que en los últimos treinta años, la población de esta zona se ha duplicado, en datos absolutos, el hambre no ha dejado de aumentar en esta zona del mundo. ¿En quien podemos confiar? Hasta en nuestro municipios no podemos confiar en nadie y el TSJ acaba de dictar una sentencia que anula el canon que cobraban los Ayuntamientos de la mancomunidad de l'Alicantí, incluyendo San Vicente, obligándoles a devolver seis millones de € (unos mil millones de pesetas) indebidamente cobrados por un servicio inexistente. Esta tasa, que algunos políticos bautizaron en su día "impuesto solidario" -será con ellos-, consistía en cobrar con el recibo del agua los gastos de tratamiento de aguas usadas, siendo o no la vivienda en cuestión conectada a una red de alcantarillado. Eso quiere decir que el dueño de toda casa olvidado por el ayuntamiento a la hora de beneficiar del servicio público que representa la recogida de aguas usadas mediante una red de alcantarillado, a pesar de encargarse personalmente del tratamiento de sus vertidos pagando la construcción y el mantenimiento de un pozo ciego o fosa séptica, tenía que pagar también al ayuntamiento el tratamiento fantasma de estas mismas aguas por la depuradora local que no las recibía. Si no es esto una estafa, que alguien nos explique cómo tenemos que llamarlo y, de paso, que nos diga también en quien podemos confiar.

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