|
He
visto ya personas enfadadas, pero como el abuelo de esta mañana
en el autobús, creo que nunca.
El
pobre hombre estaba contando a un amigo sus tribulaciones bancarias
y todos los pasajeros entendían y compartían su rabia. - Mira,
cuando llegué con mis ahorros, que no te creas que eran gran
cosa, hasta el director me invitó a pasar a su despacho; casi
se pone de rodilla por tres cochinos millones; ahora que lo
pienso, me da asco; se la caía la baba. Me hizo poner el dinero
en uno de estos fondos que van en bolsa, supuestamente sin riesgos
y con ganancias seguras a corto plazo; garantizadas, que decía.
Luego, cada vez que preguntaba cómo iba mi pequeño peculio,
siempre me decían que bien, bien, pero que muy bien. - Don Esteban-
me decía con una sonrisa- hemos tenido una subida esta semana,
nada de otro mundo, pero una de estas subiditas discretas y
seguras que multiplican las pesetas sin que nadie se dé cuenta,
ni siquiera hacienda. Yo me iba tan contento. Pero cuando llegó
el final del plazo y que hablé de disponer de mi dinero, la
cosa cambió. Se acordaron de algunas cosas que habían olvidado,
detalles sin importancia en el momento; unas de estas incomprensibles
bajadas que se habían colado entre las subiditas; reacciones
alérgicas a la guerra tal o a la revolución cual, subida del
petróleo o del dólar, bajada del café o del cacao; en fin, una
pena, con lo bien que había elegido la inversión ésta, en vez
de aumentar mi capital, había tenido mala suerte y cada millón
se había quedado en ochocientas mil. No era el momento adecuado
para sacarlo y me aconsejaron dejarlo otro año más en este mismo
fondo para que pueda recuperarse. Él que no se recuperó fui
yo y no tardé más de cinco minutos en sacar mi dinero, cancelar
la cuenta corriente y sacar el dinero de la cartilla antes de
cancelarla también. Lo malo es que no puedo denunciarlos por
estafa, te roban con la Ley en la mano. No sabemos ya en quien
confiar. Los comentarios cruzados de un lado al otro del autobús
olían a hoguera y de encontrarse en este momento un banquero
en el vehículo, le linchaban. Si en algo se parecen los políticos,
los banqueros, los curas y los científicos, es en el arte de
engañar al personal para conseguir sus fines (que, en la mayoría
de los casos, se pronuncia "fines" y se escribe "pesetas"- bueno;
ahora "Euros"). Hace unos días, unos supuestos especialistas
contaban en la tele que se habían detectado en los últimos años
varias reducciones de la superficie del agujero de la capa de
ozono que pone en peligro el hemisferio austral. En otros medios
se habla de un aumento impresionante de este mismo agujero y
se explica que los que hablan de las reducciones, como el banquero
del abuelo, se olvidan de las medidas desfavorables a las declaraciones
políticamente correctas. Cada uno opina según sus propios intereses
y si algunos anuncian una subida de temperatura de dos o tres
grados en este siglo, causando daños, sobre todo en los países
en vía de desarrollo, por decenas de miles de millones de dólares,
los analistas económicos evidencian que reducir drásticamente,
por ejemplo, las emisiones de dióxido de carbono, saldría más
caro que buscar la manera de adaptarse a unas temperaturas algo
mayores. Ahora que EEUU está de nuevo en mano de un grupo de
dirigentes o ex dirigentes de empresas petrolíferas y químicas,
no es de extrañar que no firmen el cuerdo de Kyoto sobre la
reducción de emisiones de gases causantes del efecto invernadero.
Según un estudio de Tom Wigley, uno de los firmantes del último
informe de la ONU sobre el cambio climático, las temperaturas
que deben aumentar de 2,1ºC en 2100, aumentarían sólo de 1,9
aplicando punto por punto et protocolo de Kyoto. Llegaríamos
al mismo resultado seis años más tarde y se preguntan -¿nos
preguntan?- si el remedio no sería más caro que la enfermedad.
Explican que aplicar el tratado en EEUU costaría más caro que
suministrar agua potable a toda la humanidad, salvando cada
año dos millones de personas. Hablan de prioridades y, para
disculparse de no hacer nada, alegan que ser demasiado optimista
es tan peligroso como ser demasiado pesimista. De hecho, hablan
mucho sin hacer nada pero son tan maliciosos que cada uno de
ellos parece ser el bueno de la película. Es tan fácil jugar
con los números; Bjorn Lomborg, por ejemplo, es uno de estos
especialistas en publicabar cifras aptas a engañar a los lectores;
escribía en la revista "Nature" que en África, la malnutrición
alcanzaba el 38% de la población en el año 1970, que llegaba
sólo al 33% en 1996 y que bajaría al 30% antes del año 2010.
Estas cifras, anunciadas de esta manera parecen indicar que
el problema del hambre en África se está solucionando pero si
recordamos que en los últimos treinta años, la población de
esta zona se ha duplicado, en datos absolutos, el hambre no
ha dejado de aumentar en esta zona del mundo. ¿En quien podemos
confiar? Hasta en nuestro municipios no podemos confiar en nadie
y el TSJ acaba de dictar una sentencia que anula el canon que
cobraban los Ayuntamientos de la mancomunidad de l'Alicantí,
incluyendo San Vicente, obligándoles a devolver seis millones
de € (unos mil millones de pesetas) indebidamente cobrados por
un servicio inexistente. Esta tasa, que algunos políticos bautizaron
en su día "impuesto solidario" -será con ellos-, consistía en
cobrar con el recibo del agua los gastos de tratamiento de aguas
usadas, siendo o no la vivienda en cuestión conectada a una
red de alcantarillado. Eso quiere decir que el dueño de toda
casa olvidado por el ayuntamiento a la hora de beneficiar del
servicio público que representa la recogida de aguas usadas
mediante una red de alcantarillado, a pesar de encargarse personalmente
del tratamiento de sus vertidos pagando la construcción y el
mantenimiento de un pozo ciego o fosa séptica, tenía que pagar
también al ayuntamiento el tratamiento fantasma de estas mismas
aguas por la depuradora local que no las recibía. Si no es esto
una estafa, que alguien nos explique cómo tenemos que llamarlo
y, de paso, que nos diga también en quien podemos confiar.
Escribir
al autor
|