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Esta
noticia, que confirma los efectos inmediatos de la decisión
del gobierno de Georges W. Bush de suprimir las subvenciones
a las entidades favorables al divorcio y al aborto, nos da una
idea de la recesión mental de la Casa Blanca. Según Charles
Francis, Presidente del nuevo “Republican Unity Council” y que
se reconoce homosexual, “nuestra intención es de hacer que desaparezca
la cuestión gay y lesbiana en el partido”; declaración repetida
por Tom Davis que añade que “en política, el juego consiste
en sumar, y no en restar”. La decisión de incluir en el gobierno,
aunque con puestos de poca relevancia, miembros conocidos como
gays tuvo el apoyo incondicional de la hija del nuevo Vicepresidente,
Mary Cheney, quien, según el New York Post, asistió a la ceremonia
de investidura de Georges W. Bush en compañía de su pareja lesbiana.
Estos intentos de intoxicación de algunos republicanos que anuncian
una unión “heteros/homos” destinada a empujar el partido a más
tolerancia hacia los gays y lesbianas no consiguen esconder
que se trata solo, para ellos, de un pacto electoral con el
diablo y que los EE UU acaban de pasar de las manos de una pandilla
abigarrada de post-adolescentes tolerantes a las garras de una
familia de quincuagenarios regordetes, blancos y heterosexuales.
Sus mejores votantes fueron indiscutiblemente los integristas
cristianos en general y, sobre todo, los integristas protestantes.
Algunos de ellos dejaron caer la máscara al declarar que “ya
no conoceremos escándalos con becarias y faldas manchadas”.
El escándalo Clinton-Lewinski choca menos al pueblo americano
por el hecho de tener una relación extra-matrimonial y mentirle
descaradamente que por el hecho de ser dicha relación acompañada
de una felación. La utilización de tales incidentes con propósitos
electorales nos informa sobre el nivel mental del país y si
la felación parece ser uno de los últimos tabúes, parece también
ser uno de los más tenaces. La sociedad judeo-cristiana, a lo
largo de toda su historia, considera la felación como particularmente
impura, y esto pos dos razones muy antiguas, y ahora anticuadas,
resultado de su análisis de las practicas sexuales. La primera;
que el contacto de una parte impura con una parte pura no se
puede concebir, y que la boca esta destinada a recibir “solo
lo que es bueno y fortificante” (quedando por definir el concepto
de bueno y fortificante). La segunda; está decidido de una vez
por todas que el pene no debe entrar en contacto con otra cosa
que la vagina puesto que de esta manera se consigue procrear
y que el propósito del acoplamiento debe ser la procreación.
Hace solo poco tiempo que reconocieron el derecho a tener placer
a la hora de procrear, con la condición expresa que el enfoque
primero sea la procreación y no el placer. O sea, se puede disfrutar,
pero sólo si no se puede evitar. En EE UU, en el estado de Virginia,
por ejemplo, la felación está prohibida por la ley civil y una
mujer puede denunciar a su marido si la obliga a hacerlo. En
cambio el marido no puede denunciar su esposa si ésta le exige
el inverso. Francis D. Hudson, un pastor protestante de Richmond,
explica que se debe a que el inverso, según él, no existe ya
que ningún hombre puede ser capaz de tal bajeza. Se dice también
que llamó a confesión uno de sus feligreses que le contestó
en pleno sermón; -¡Pues, tú te lo pierdes! En la Roma antigua,
sin embargo poco severa con las practicas homosexuales e incluso
toleraba la pedófilia practicada sin coacción, la felación,
homosexual y heterosexual, aunque corriente, se halla sometida
a unos criterios de apreciación bastante complejos que hacían
de ella un peso más que un placer. La China, como la India antiguas
admiten más fácilmente esta practica y en las esculturas que
adornan los templos hindúes, entre las 36 posiciones del kamasutra,
abundan las felaciones. No sabemos si la prehistoria conocía
la felación. Algunos garabatos en las paredes de algunas cuevas
no constituyen ninguna prueba y nos encontramos en la misma
situación que los hombres del año 5000 si visionarán las películas
X del siglo XX. El éxito de la felación en la producción X actual
se debería en mayoría a que su practica en la vida corriente
es mucho menor de lo que se dice o se presume. De allí el recurso
cada vez mayor al universo cinematográfico que rompe alegremente
los tabúes. Esta práctica tiene más favor en los hombres que
en las mujeres, y las prostitutas reconocen que es lo que más
solicitan sus clientes. Se enseñaba, no hace mucho tiempo a
los hijos de familia que si una amante digna de ese nombre tenía
que ser experta y generosa en felación, una esposa decente se
debía de ignorarla. Si la Grecia antigua admite sin problema
la felación, Solo el Egipto antiguo la reconoce y admite sin
restricciones, tanto por las mujeres como por los hombres, como
practica sexual normal, sana y natural, sobre todo bajo la influencia
del Dios Osiris y la Diosa Fath (Cesar y Marc-Antonio debieron
pasarlo de miedo). Osiris, Dios muerto y resucitado prometiendo
la vida eterna, no tiene nada que ver con el Dios muerto y resucitado
de los cristianos en el sentido de que los egipcios se proyectaban
en sus dioses y Osiris, por ejemplo, no está desencarnado en
relación con ciertos aspectos de la condición humana, en particular
los de la sexualidad. La diosa de la fecundidad, Fath, que es
también diosa de la embriaguez, pero no de los borrachos, representa
sobre los delirios amorosos en todos sus sentidos. A cada nuevo
año, las fiestas en su honor se acompañan de cogorzas destinadas
a borrar el estrés de un año de trabajo que se suelen terminar
por gigantescas orgías donde, para evitar el nacimiento de posible
bastardos, se da fácilmente la preferencia a la sodomía y la
felación. Los incas la ponen en el segundo puesto de las preferencias
sexuales, justo detrás de la sodomía, el método tradicional
de procreación ocupando solo el tercer puesto en el “hit-parade”
de la sexualidad práctica. Esto se debe sobre todo a una cultura
de la supremacía del hombre sobre la mujer y de una ideología
de la fuerza (y no del amor) opuesta a Egipto que no tiene métodos
educativos machistas, lo que explicaría que fue la única civilización
que llegó, con un raro grado de éxito, a convencer a las mujeres
sin tener que obligarlas. Hoy la sexología intenta rehabilitar
esta sana práctica de la que, al alba del siglo XXI, los hombres,
de todas las categorías sociales y etnias confundidas, serían
en su mayoría fervientes partidarios. Una encuesta reciente
lo defiende, precisando que, entre las mujeres, las de menos
de cuarenta años, con nivel de cultura superior, serían tan
fervientes como los hombres, curiosamente seguidas de cerca
por el extremo inverso de las mujeres analfabetas que no se
hacen preguntas “metafísicas” (sic) sobre la pertinencia de
tal práctica. En fin, la aversión innata de ciertas personas
por la felación no sería nada más que un asco artificial, fabricado
de todas piezas en su subconsciente por la culpa de una propaganda
anti-felación, irradiada, siglos tras siglos, en su mayoría
por unas religiones ilógicas que profesan un inmenso desprecio
por la vida del cuerpo, la libertad individual, las relaciones
amistosas y el amor romántico. Pero se lo perdonaremos; un sacerdote
casto y soltero, aunque fuera Papa, no puede y no tiene evidentemente
porque saber que el amor, aunque salga del alma y empiece en
la mayor zona erógena que es el cerebro, se hace con todo el
cuerpo.
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